Por dónde empezar a escribir tu relato o novela – Los mejores libros para aprender a escribir (7)

Toda persona que escribe desea que sus primeras páginas enamoren al lector, ¿verdad? Y, sobre todo, que le enganchen a la lectura, para que no desee soltar el relato o la novela hasta llegar al final.

Pues bien, hay técnicas para elegir ese inicio que pueden ayudar a nuestro objetivo. Y no me refiero a la primera línea del texto (de las que ya hablé en este artículo y en este otro) sino de algo mucho más profundo: la escena que abre tu relato o novela.

¿Qué estará pasando cuando tu relato o novela comience? ¿Qué opciones son mejores para capturar inmediatamente la atención del lector/a? Te dejo aquí varias ideas, con ejemplos de libros muy buenos, cuya lectura recomiendo encarecidamente.

Toda persona que aspire a escribir bien tiene que alimentarse de buenos libros.

Sobre todo, en cuanto a los inicios de tus textos, te recomiendo evitar:

Los inicios demasiado típicos (los defino en este otro artículo)

-Aquellos que prácticamente no aportan información, como ver al personaje despertándose, o en el trabajo (si su trabajo no tiene nada especial o no sucede algo muy atípico).

Los inicios estáticos, como descripciones de lugares, o incluso de personajes. No es que estén “prohibidos” (de hecho, muchos buenos libros clásicos comienzan así) pero es más difícil capturar la atención del lector/a que con un inicio dinámico, en el que hay algo de acción o está sucediendo algo.

Casi todos los que describo aquí son inicios dinámicos, que no solo ayudan a interesar a tus lectores inmediatamente, sino que son más ágiles. ¡Vamos a ello! Dejo los inicios de estos libros, espero que tomes buena nota porque son todos buenos libros de los que se puede aprender mucho.

1. Empieza por una situación que defina al personaje

En lugar de la clásica descripción estática -y larga- típica de novelas de siglos pasados, algo que funciona muy bien es empezar tu relato o novela por una pequeña escena, una situación que ayude a que conozcamos algo importante de tu personaje. Puede ser algo de su pasado o de su estilo de vida, o de su forma de ser, o todas esas cosas a la vez.

Un libro que recomiendo y que tiene ese tipo de comienzo es “La soledad de los números primos“, de Paolo Giordano.

Su primer capítulo nos habla de una de los dos protagonistas, Alice, y nos cuenta una anécdota de cuando era pequeña que define muy bien su personalidad (tímida, vergonzosa, con complejo de inferioridad), y la compleja relación con su padre.

Os dejo aquí los primeros párrafos (aunque la anécdota completa ocupa todo el primer capítulo y es brillante) es un libro precioso que recomiendo leer completo, pues además de sus personajes muy carismáticos, es muy tierno y está estupendamente escrito.

Alice della Rocca odiaba la escuela de esquí. Odiaba tener que  despertarse a las siete y media de la mañana incluso en Navidad, y que mientras desayunaba su padre la mirase meciendo nerviosamente la pierna por debajo de la mesa, como diciéndole que se diera prisa. Odiaba ponerse los leotardos de lana, que le picaban en los muslos, y las manoplas, que le impedían mover los dedos, y el casco, que le estrujaba la cara y tenía un hierro que se le clavaba en la mandíbula, y aquellas botas, que siempre le iban pequeñas y la hacían andar como un gorila.
—Bueno, ¿qué? ¿Te bebes la leche o no? —volvió a apremiarla su padre.
Alice tragó tres dedos de leche hirviendo que le quemó sucesivamente la lengua, el esófago y el estómago.
—Bien. Y hoy demuestra quién eres, ¿vale?
¿Y quién soy?, pensó ella.
Acto seguido salieron a la calle, la niña enfundada en su traje de esquí verde lleno de banderitas y fosforescentes letreros de patrocinadores. A aquella hora había diez grados bajo cero y el sol era un disco algo más gris que la niebla que todo lo envolvía. Alice sentía la leche revolvérsele en el estómago y se hundía en la nieve con los esquíes a hombros, porque has de cargarlos tú mismo hasta que logres ser tan bueno que otro los cargue por ti.
—Con las puntas por delante, y no mates a nadie —le recordó su padre.

2. Empieza dejando abierta una intriga

Otra excelente opción para que tu relato o novela enganche inmediatamente al lector es abrir con una escena que nos deja abierto un gran interrogante. Qué está pasando exactamente, o qué ha ocurrido en el pasado, cómo se ha llegado ahí. O qué es lo que están tramando los personajes.

Un estupendo ejemplo de cómo dejar abierta una intriga son las primeras páginas -y el primer capítulo completo- de “Amanecer“, de Octavia Butler. En ese inicio vemos a Lilith en una habitación extraña, no sabemos qué le ha ocurrido, ni dónde está, ni de quién o de qué está prisionera (o si verdaderamente está prisionera o puede salir). A retazos, vamos enterándonos de alguna información, como que es una superviviente de una gran hecatombe que ha terminado con la civilización humana.

Y hasta ahí puedo leer. Porque ir descubriendo poco a poco qué ha ocurrido es uno de los grandes placeres de este maravilloso libro, un clásico de la ciencia-ficción.

Os dejo los primeros párrafos.

¡Viva!
Viva…, de nuevo.
El Despertar fue duro, como siempre. Lilith lyapo yació jadeante, estremecida por lo violento de su esfuerzo. Su corazón latía demasiado fuerte, demasiado aprisa. Se enroscó en torno a él, fetal, inerme. La circulación empezó a volver a sus brazos y piernas en oleadas de diminutos, exquisitos dolores.
Cuando su cuerpo se calmó, y se fue reconciliando con la reanimación, miró en derredor. La habitación parecía estar iluminada de modo tenue, aunque nunca antes se había despertado bajo una iluminación tenue. 
Naturalmente, se le había ocurrido —¿cuántas veces se le había ocurrido?— que podía estar loca o drogada, enferma o herida. Pero nada de aquello importaba. No podía importar mientras estuviera confinada de aquel modo, mientras la mantuvieran inerme, sola e ignorante.
Se sentó y se tambaleó, mareada, luego se volvió para mirar al resto de la habitación. Las paredes eran de color claro…, quizá blancas o grises. La cama era lo que siempre había sido: una plataforma sólida, que cedía algo al tacto y que parecía brotar del suelo. Al otro lado de la habitación había una puerta que probablemente daba a un lavabo. Usualmente, la habitación tenía baño. En dos ocasiones no lo había habido y, metida en un cubículo sin ventanas ni puertas, se había visto forzada simplemente a
elegir un rincón para hacer sus necesidades.

3. Empieza por una situación que defina el conflicto principal de la historia

Otra opción muy buena, sobre todo en el caso de relatos o novelas cortas, es ir directamente al grano y abrir el libro con una escena o una situación que nos deje claro el conflicto principal.

En novelas más largas muchas veces no es así, muchas veces empezamos conociendo (y sintiéndonos atraídos) por el personaje, por el ambiente, por el mundo… pero a veces ir directos a la yugular de la historia puede ser una gran elección.

Un libro que utiliza esta técnica de manera magistral es “La carretera”, de Cormac McCarthy. Es una novela que recomiendo… pero solo para estómagos fuertes, pues la historia es bastante dura. Se puede resumir en un par de líneas: ha habido una guerra nuclear, en un mundo destrozado, lleno de radiación y casi deshabitado un padre y su hijo caminan por una carretera rumbo al sur. Fin.

Os aseguro que con esa trama tan aparentemente simple el autor crea una historia en la que se deja al descubierto la sociedad humana, capaces de lo mejor… y de lo peor. Es una novela desasosegante y descarnada. Y su principio también lo es. Sólo vemos al padre, en ese mundo desolado y aterrador, despertando al hijo y poniéndose a andar.

Os dejo unos párrafos del primer capítulo:

Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo. Su mano subía y bajaba al compás de la preciada respiración. Retiró la lona de plástico y se puso de pie envuelto en aquellas prendas y mantas pestilentes y buscó algún atisbo de luz en el este pero no lo había.

En el sueño del que acababa de despertar vagaba por una gruta y el niño lo llevaba de la mano. La luz de los dos bailaba en las húmedas paredes de roca caliza. Como peregrinos de fábula engullidos y extraviados en las entrañas de una bestia granítica. Humeros de piedra donde el agua goteaba y cantaba. Tañendo sin tregua en el silencio los minutos de la tierra y sus horas y días y años. Hasta que se hallaban en una enorme estancia de piedra donde había un lago antiguo y negro. Y en la orilla opuesta un ser que levantaba su chorreante boca y miraba hacia la luz con unos ojos tan blancos y ciegos como los huevos de araña.

Se levantó con la primera luz gris y dejó al chico durmiendo y caminó hasta la carretera y en cuclillas estudió la región que se extendía al sur. Árida, silenciosa, infame. Debía de ser el mes de octubre pero no estaba seguro. Hacía años que no usaba calendario. Irían hacia el sur. Aquí era imposible sobrevivir un invierno más“.

4. Empieza por una situación poco común

En esa primera escena, en esa primera página, queremos que la persona que nos lee se quede extasiada, ¿verdad? Sorprenderla, enamorarla, atraerla irremediablemente, página a página, hasta el final del relato o de la novela.

La siguiente forma de hacerlo siempre funciona -eso sí, si tu historia contiene elementos fuera de lo común. Si es así, puede ser una magnífica idea arrancar por uno de ellos.

Es lo que hace “Desde mi cielo”, de Anne Sebold, una preciosa novela . Muy recomendada (y muchísimo mejor que su penosa adaptación al cine). Cuenta la historia de una adolescente que, ya desde el comienzo, sabemos que ha sido violada y asesinada, y cómo su familia intenta sobrellevar esa tragedia a la vez que averiguar quién ha sido su asesino. Pese a su durísimo arranque es una historia tierna y llena de esperanza.

Os dejo aquí su inicio, vais a ver cómo enamora:

Me llamo Salmón, como el pez; de nombre, Susie. Tenía catorce años cuando me asesinaron, el 6 de diciembre de 1973. Si veis las fotos de niñas desaparecidas de los periódicos de los años setenta, la mayoría era como yo: niñas blancas de pelo castaño desvaído. Eso era antes de que en los envases de cartón de la leche o en el correo diario empezaran a aparecer niños de todas las razas y sexos. Era cuando la gente aún creía que no pasaban esas cosas.
En el anuario de mi colegio yo había escrito un verso de un poeta español por quien mi hermana había logrado interesarme, Juan Ramón Jiménez. Decía así: «Si te dan papel rayado, escribe de través». Lo escogí porque expresaba mi desdén por mi entorno estructurado en el aula, y porque al no tratarse de la tonta letra de un grupo de rock, me señalaba como una joven culta. Yo era miembro del Club de Ajedrez y del Club de Químicas, y en la clase de ciencias del hogar de la señorita Delminico se me quemaba todo lo que intentaba cocinar. Mi profesor favorito era el señor Botte, que enseñaba biología y disfrutaba estimulando a las ranas y los cangrejos que teníamos que diseccionar, haciéndoles bailar en sus bandejas enceradas.
No me mató el señor Botte, por cierto. No creáis que todas las personas que vais a conocer aquí son sospechosas. Ése es el problema. Nunca sabes. El señor Botte estuvo en mi funeral (al igual que casi todo el colegio, si se me permite decirlo; nunca he sido más popular) y lloró bastante. Tenía una hija enferma. Todos lo sabíamos, de modo que cuando se reía de sus propios chistes, que ya estaban pasados de moda mucho antes de que yo lo tuviera como profesor, también nos reíamos, a veces con una risa forzada, para dejarlo contento. Su hija murió un año y medio después que yo. Tenía leucemia, pero nunca la he visto en mi cielo.
Mi asesino era un hombre de nuestro vecindario. A mi madre le gustaban las flores de sus parterres, y mi padre habló una vez de abonos con él“.

5. Empieza por un diálogo que defina la relación de  personajes principales

Los diálogos tienen algo mágico: atraen inmediatamente la atención del lector. ¿No recuerdas cuando en tu niñez empezabas a leer tus primeros libros? Seguro que, como yo, te saltabas las partes más largas y buscabas siempre los diálogos. Es inevitable, son como un imán.

Por eso iniciar con un diálogo es siempre una buena idea. Ahora bien, hazlo con un diálogo relevante. Por ejemplo, te propongo, con un diálogo que nos ayude a definir a los personajes principales y la relación entre ellos.

Un libro que comienza con esta técnica es “Una habitación con vistas”, de E. M. Forster. Arrancamos en mitad de una cena, en la pensión Bertolini, en Florencia, donde acaban de llegar Lucy, la protagonista, y su tía, la quejica Charlotte Barlett. Enseguida empiezan a quejarse por su habitación y vemos el carácter de ambas, y la relación tensa que tienen.

—La Signora no tiene derecho a hacer esto —dijo la señorita Bartlett—, ningún derecho. Nos prometió habitaciones al sur con una panorámica conjunta; en su lugar tenemos habitaciones al lado norte y dan a un patio. ¡Oh, Lucy!

—¡Y además es de Londres! —dijo Lucy, que se había entristecido por el inesperado acento de la Signora Bertolini—. Se diría que estamos en Inglaterra.

Miró las dos hileras de ingleses sentados junto a la mesa; la fila de botellas blancas de agua y rojas de vino que corrían entre sus manos; los retratos de la última reina que colgaban detrás de los británicos, pesadamente vestidos y el cartel de la Iglesia anglicana (reverendo Cuthbert Eager, M. A. Oxon), que constituían la única decoración de la pared.

—Charlotte, ¿no sientes también tú que bien podríamos encontrarnos en Londres? A duras penas puedo creer que todo este tipo de cosas estén precisamente aquí. 

—Esta carne seguramente se ha utilizado para la sopa —dijo la señorita Bartlett dejando caer el tenedor.

—También a mí me hubiera gustado ver el Arno. Las habitaciones que la Signora nos prometió en su carta debían dar sobre el Arno. La Signora no tiene derecho en absoluto a hacer esto. ¡Oh, es una vergüenza! Cualquier rincón va bien para mí —continuó la señorita Bartlett—, pero me parece duro que tú no tengas una habitación con vistas.”

6. Empieza por un momento crítico para el personaje 

Si quieres atraer a tu lector, muéstrale como el personaje sufre, y desde el inicio. Tiempo habrá de solucionar su problema (si es que tiene solución) y de divertirse o crecer por el camino hasta el desenlace.

Pero un inicio en el que veamos a un personaje en un momento muy malo siempre nos va a enganchar. Va a hacer que surja en nuestra mente esta intrigante pregunta: ¿Qué va a pasar ahora? ¿Cómo va a salir de esta?

Un libro que utiliza esta técnica es la novela corta “El gran viaje de Ambrose Zephyr”, de C. S. Richardson. Es un libro muy breve -y se nota ya desde el inicio, corto e incisivo- pero exquisitamente escrito y, aunque no lo parezca por su inicio, también optimista.

Os dejo aquí su apertura como ejemplo:

“Ambrose Zephyr vivía con su esposa -satisfecho, tranquilo, con pocas extravagancias- en una estrecha casita victoriana atestada de libros. 

Era dueño de dos trajes a medida. Uno de ellos era el traje con el que se había casado. El otro, un traje de lino de tres piezas con solapas, era el traje que utilizaba para viajar: viajes de negocios, en el metro, su paseo de los domingos. 

En su quincuagésimo cumpleaños, más o menos, Ambrose Zephyr suspendió su examen médico anual. Le descubrieron una enfermedad de origen incierto sin cura conocida, ni previsible a corto plazo. Moriría en el plazo de un mes. Día más, día menos”

7.Empieza con una reflexión polémica

Esta es la única técnica de inicio no-dinámica que incluyo en este artículo. Porque si vamos a empezar con una reflexión, algo estático y poco ágil en principio, vamos a hacerlo de forma que rompa los esquemas al lector, que le sorprenda y le haga querer seguir leyendo.

Con dos ejemplos me voy a explicar mucho mejor. Ambos son, además, muy conocidos, y libros muy recomendables, en especial para personas que quieren mejorar su escritura. Os dejo sus “polémicos” inicios:

“El guardián entre el centeno”, de J. D. Salinger

Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco. A D.B. tampoco le he contado más, y eso que es mi hermano. (…) Ahora D.B. está en Hollywood prostituyéndose. Si hay algo que odio en el mundo es el cine. Ni me lo nombren.

Farenheit 451, de Ray Bradbury

Era estupendo quemar. 
Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia.

Con su casco simbólico en que aparecía grabado el número 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedó rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros.

El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Quería, por encima de todo, como en el antiguo
juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía. “

¿Y tú? ¿Conocías estos libros? ¿Qué tipo de inicio es el que más sueles usar… y el primero que quieres probar? Cuéntame o pregúntame en los comentarios. 

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Comentarios

  1. Jaume Vicent

    Hola, Diana
    Estupendo artículo, como siempre. Hay una cosa que me ha llamado la atención: comenzar con un diálogo. Leí hace tiempo —no sé dónde, aunque creo que fue en “Cómo no escribir una novela”—, que comenzar con un diálogo era un error porque no se conocía a los personajes y era una forma de liar al lector.
    Esto me ha supuesto más de un quebradero de cabeza, pues he tenido ideas muy buenas para comenzar una novela o un relato con un diálogo y me he boicoteado pensado: “no hagas eso, sería un error”. Ahora te leo a ti… Y me replanteo muchas cosas… ¡La vida del escritor!
    Un saludo y gracias por el artículo!

    1. Hola, Jaume, gracias! Qué curioso lo que comentas. Empecé ese libro, pero reconozco que no leí más allá de los primeros capítulos. Como muchas de las reglas en escritura, depende de cómo se use. Si se hace bien, se puede dejar claro quiénes son los personajes usando esos mismos diálogos y las maravillosas acotaciones (de las que soy muy fan). Todo es buscar la manera de que funcione. Un abrazo! 😀

  2. Liliana

    Hola Diana:
    Excelente como todos tus post.
    Te leo a menudo y nunca te he dado las gracias.
    !De verdad, gracias, eres magnífica enseñando!

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