No decir, mostrar: 12 formas de aplicar la regla de oro de la escritura

Si llevas algún tiempo escribiendo o estudiando técnicas de escritura es posible que hayas escuchado alguna vez que “No decir, mostrar” es una de las reglas de oro a la hora de escribir. Ya el propio Chéjov nos lo recomendaba a finales del siglo XIX en este consejo suyo:
No me digas que la luna está brillando: muéstrame su reflejo en un vaso de cristalAnton Chejov
Voy a dedicar este artículo a explicar el por qué esta regla es tan importante a la hora de escribir, si tenemos que usarla en todo momento (y cuándo no) y completaré con 15 muestras de cómo podemos usarla en escritura, con ejemplos por escrito.

Qué significa “No decir, mostrar”

Me detengo antes de nada a explicar los términos de este consejo, para que se comprenda la propia regla en sí.
Cuando hablamos de “decir” (o “explicar”, término que yo prefiero), nos referimos a esos momentos en los que el autor/a da la información masticada a sus lectores sobre lo que ocurre.
Por ejemplo:
  • “Está lloviendo”
  • “Darth Vader es muy malo”
He elegido un ejemplo de una película por una razón, y es que generalmente estas no “explican” sino que “muestran”
¿Y qué sería mostrar? Mostrar es dar los datos necesarios para que la persona que está leyendo deduzca la información por sí misma.
Me explico.
Cuando en una película empieza a llover, no suele aparecer una voz en off que nos dice “está lloviendo”. No hace falta, ¿verdad? Claro que no, porque en la pantalla la IMAGEN nos muestra las gotas de agua, y el SONIDO de la lluvia… simplemente con eso el espectador/a deduce: está lloviendo. Es automático.
De la misma forma, al principio de la película original de “La guerra de las galaxias” no escuchamos ninguna voz que nos diga “Darth Vader es malo”. En cambio, vemos varias escenas en las que él dirige un ataque contra una nave y mata a mucha gente, y después destruye todo un planeta, asesinando a millones de personas.
Hechos concretos, situaciones, diálogos: así el espectador de la película deduce que ese personaje es “malo” sin necesidad de que ninguna voz narradora le explique: “es malo”.
En literatura sucede igual.

Por qué mostrar es tan importante

Ojalá escribir literatura fuese tan sencillo como ir explicando la historia a nuestro lector… pero no funciona así. No basta con decir o explicar, es necesario mostrar porque cuando escribimos no queremos sólo que la historia se entienda, queremos que emocione.
Pongo un ejemplo muy tosco: imagínate que un amigo tuyo sale del cine exaltado por la preciosa película que ha visto y empieza a hablarte de ella, haciéndote un resumen de todo lo que sucede en el film. A él se le saltan las lágrimas, ¿y a ti? Pues probablemente no. Porque a ti te la están explicando: él la ha vivido, detalle a detalle, escena a escena, diálogo a diálogo. A él se la han mostrado.
Esas imágenes (o sonidos y olores en literatura), esos diálogos y esos detalles concretos, apelan directamente a nuestros sentidos, a nuestros sentimientos y, por lo tanto, emocionan más.

¿Hay que mostrar siempre, todo el tiempo?

Por supuesto que no.

Mostrar no es necesario “todo el rato” ni “en todo momento”. Lo que ocurre es que cuando se abusa de la voz explicativa, en lugar de mostrar, el texto se lastra, pierde fuerza y emoción. Pero habrá ocasiones en las que no importa decir “Llueve” simplemente o “Fulanito era un mal hombre”.

Por ejemplo, en eventos sin importancia, a la hora de presentar o hacer aparecer personajes que no tienen relevancia ninguna, en momentos en los que elegimos resumir porque no es esencial lo que está ocurriendo… En este otro artículo mío hablo de momentos en los que es bueno resumir o hacer una elipsis, serían los mismos en los que no pasa nada porque se explique en lugar de mostrar.

Básicamente, explicar -lo mismo que resumir- no es algo “malo” de por sí: es una técnica más, que debemos combinar con mostrar, sabiendo en qué momentos podemos usar un resumen sin que la escritura pierda fuerza y emotividad. Generalmente se usará menos a lo largo de nuestro relato o novela,  ya que todo lo importante es bueno que aparezca mostrado (o en forma de escena).

Los eventos clave de la trama, los rasgos esenciales del personaje, los instantes que no quieres que a tu lector/a le pasen desapercibidos, las escenas que quieres que le emocionen son los momentos en los que es imprescindible mostrar.

Con unos ejemplos se entiende todo mucho mejor. Además, acompaño la mayoría de ellos con extractos de libros recomendados.

12 FORMAS EN QUE PUEDES APLICAR ESTA REGLA EN TU ESCRITURA (con ejemplos escritos)

Y ahora voy a dar hasta 15 ejemplos (todos similares a los que me encuentro en textos de mis talleres) para ver cómo podemos dejar de “decir” o “explicar”, transformando el texto para “mostrar” (y, con ello, emocionar más).

1. Personalidad de tus personajes

Me encuentro muchas veces que los autores y autoras, cuando aparece alguno de sus personajes principales, se limitan a explicar cómo es el personaje en una línea o dos de narración. Algo así:
  • Flora era impaciente y cortante.
  • Su nombre es Alberto Camacho,  hombre sencillo y alegre que hizo su fortuna en el negocio la industria alimenticia.
Mónica siempre está limpiando: así sabemos que es una obsesa del orden.

Sí, se nos dice cómo es el personaje, pero no lo VEMOS, no lo sentimos, porque no se nos ha mostrado.

Cuando aparece Mónica en los primeros episodios de Friends nadie dice: “Es una obsesa del orden y de la limpieza”. No hace falta: la vemos siempre limpiando, y enfadándose con los demás porque cambian los cojines de sitio. Eso es mostrar.
Entonces, para describir el carácter de un personaje lo que necesitaríamos sería una escena, con detalles, e incluso con su diálogo (o detalles en diferentes escenas del inicio de vuestro relato o novela), en la que VEAMOS que el personaje es impaciente y cortante por lo que hace, o por lo que dice.
E incluso aunque dejemos la narración explicativa, sería conveniente añadir esas escenas o detalles para mostrarlo y que se sienta.
Por ejemplo, en el capítulo primero de Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, ya vemos que la señora Bennet (madre de la protagonista) es una mujer algo histérica y quejica. Nunca se nos dice con esas palabras, pero no hace falta, porque queda claro por el diálogo que mantiene con su marido:
-¡Señor Bennet! ¿Cómo puedes hablar así de tus hijas? Te encanta disgustarme. No tienes compasión de mis pobres nervios.
-Te equivocas, querida, les tengo mucho respeto a tus nervios. Son viejos amigos míos. Hace por lo menos veinte años que te oigo mencionarlos con mucha consternación.
-¡No sabes cuánto sufro!

2. La moral del personaje:

Darth Vader, de entrada, ya mata a alguien. ¡Malo maloso!
De la misma forma, no basta con explicar que un personaje “es bueno” o “es cruel”.
Sobre todo en las novelas de mi curso de fantasía y ciencia-ficción me encuentro mucho con que se intenta definir al “malo” de la historia con una breve explicación: “Era un dictador sangriento”. Y no, no basta. Porque no lo sentimos, no le tenemos miedo ni repugnancia si no lo vemos en acción.
Incluso en este caso no basta una línea de diálogo para que sintamos que un malo es malo: “quiero conquistar el país y tenerlo bajo mi control”. Vale, pero puede ser simplemente una persona un poco mal de la chaveta…
Para que sintamos que un personaje es “malo” tenemos que verle haciendo maldades. Desde el principio.
En el gif he puesto a Darth Vader: ya desde su primera aparición le vemos matando a un inocente y deteniendo a la Princesa Leia, y más adelante incluso destruirá un planeta entero lleno de inocentes. Eso es lo que hace que quede clara su moral.
Y lo mismo para los personajes buenos, claro. Un ejemplo. En “El señor de los Anillos”, de J. R. R. Tolkien, la primera vez que Frodo habla con Trancos no se fía de él… Este es su primer diálogo:
-Me llaman Trancos -dijo el hombre- y su amigo me prometió que podríamos tener una charla tranquila. 
-Y usted dijo que yo me enteraría de algo que me resultaría muy útil -dijo Frodo- ¿Qué me tiene que decir?
-Varias cosas -dijo Trancos- pero por supuesto tengo mi precio. 
-¿Qué quiere decir?-preguntó Frodo, pensando que había caído en manos de un pillo y recordando con disgusto que había traído poco dinero. 
Y Frodo y sus amigos no se fiarán verdaderamente de él hasta que le demuestre que está de su parte con acciones, empezando por protegerles de los jinetes negros que atacan esa noche la posada de El Poney Pisador en busca de Frodo.

3. Los sentimientos del personaje:

Aquí vemos a Rachel triste: se tapa la boca para no llorar, esconde el rostro en las manos, y lágrimas al fin…Ya se le cambirá la cara cuando entre Ross.

Este es otro de los momentos en que más veces recomiendo mostrar en lugar de explicar: los sentimientos.

No, no basta con decir “ella estaba triste”.
Eso es una afirmación que nuestro cerebro entiende, sin duda… pero nosotros no escribimos un relato o una novela para que nuestra historia “se entienda”, ¿verdad?
Queremos que impacte, queremos que emocione.
Por eso las emociones hay que mostrarlas: mostrar los gestos, las palabras que ese personaje diría, incluso las sensaciones físicas que bullen en su interior. Ya sea tristeza, alegría, vergüenza, miedo… mostrando los sentimientos de tu personaje apelarás a la empatía de la persona que te lee y, entonces sí, se emocionará con tu personaje.
Un autor de quien se puede aprender mucho a mostrar los sentimientos con los gestos es Raymond Carver, su escritura siempre es tremendamente visual. He aquí un ejemplo en el final de su relato “Parece una tontería”, en el que un matrimonio cuyo hijo acaba de morir recibe llamadas anónimas muy molestas.
     —¿Quiere el pastel, o no? Tengo que volver al trabajo. Los pasteleros trabajan de noche.
     —Ya sé que los pasteleros trabajan de noche —dijo Ann—. Y también llaman por teléfono de noche. ¡Hijoputa!
       Tenía ojos pequeños y malévolos, pensó Ann.
     —Mi hijo ha muerto —continuó ella con un tono frío y cortante—. El lunes por la mañana lo atropelló un coche. Hemos estado con él hasta que murió. Pero naturalmente usted no tenía por qué saberlo, ¿verdad? Los pasteleros no lo saben todo, ¿verdad, señor pastelero? Pero Scotty ha muerto. ¡Ha muerto, hijoputa!
       De la misma manera súbita en que brotó, la cólera se apagó dando paso a otra cosa, a una sensación de náusea y de vértigo. La mujer se apoyó en la mesa de madera salpicada de harina, se llevó las manos a la cara y se echó a llorar, sacudiendo los hombros.
       —No es justo —dijo entre lágrimas—. No es justo, no lo es.

4. Diálogos:

No me cansaré de repetir lo importantes que son los diálogos; he escrito varios artículos sobre este tema (como este) , y una de sus virtudes es, precisamente, que los diálogos muestran en lugar de explicar.
Las palabras son importantes. Y si Darcy dice que te ama ardientemente pues es como para que se te caigan los prejuicios de un plumazo.

Por eso, aquellos diálogos mínimamente importantes para nuestra historia o para definir a nuestros personajes es esencial que estén escritos en forma directa, con las palabras precisas de los personajes, y no por medio de un resumen (es decir, un diálogo indirecto).

Me encuentro muchísimo frases como estas en los relatos y novelas que reviso en mis talleres -es decir, diálogos indirectos o resumidos:
  • La señora explotó en gritos contra mí
  • Alberto se quejó del ruido del móvil de su novia
  • Discutió con su pareja durante 10 minutos.
  • Respondió Arturo con evidente enojo
  • El aburrido monólogo de Felipe 

Todas estas frases buscan resumir y explicar un diálogo completo, pero, sin las palabras concretas del personaje, quedan muy abstractos. Os pongo un ejemplo:

Diálogo A:

 —¿Te importa silenciar el móvil, Ana? Estoy intentando estudiar y me molesta.

Diálogo B:

 —Joder, Ana, ya vale con el sonidito de mierda del móvil, ¿no? ¿No ves que estoy estudiando, imbécil? Apágalo ya, coño. 

Ambas frases podrían corresponder a la explicación “Alberto se quejó del ruido del móvil de su novia”, pero, como veis… ¡son muy distintas! Muestran a dos tipos de personajes diferentes y dos tipos de relaciones totalmente diferentes.

Esa es, precisamente, la magia de “mostrar” frente a solo “explicar”.

Por supuesto, habrá diálogos irrelevantes en nuestra trama que podremos dejar resumidos (“Álex le preguntó al bedel dónde estaba el aula de Pedro”) pero, si tienen una mínima relevancia en nuestra trama o en nuestros personajes, la solución es siempre el diálogo directo y “mostrado”.

 

5. Transformaciones de personajes:

Hemos hablado ya de mostrar el carácter, la moral y los sentimientos de los personajes, pero aún quedan cuestiones con respecto al personaje que se pueden mostrar, en lugar de resumir o explicar, y conseguir con ello impactar más con nuestra historia.

Joey en plena demostración práctica de que los gestos y la descripción ayudan a mostrar el cambio en una persona.

Una de ellas es la transformación de un personaje: pongamos que alguno de ellos reaparece después de un tiempo. Quizá se ha pasado varios capítulos sin dar señales de vida, se ha estado entrenando, ha ido de viaje o han transcurrido varios años.

Frases como “Pude apreciar que había envejecido” o “Aquella niña se había convertido en una mujer fuerte e independiente” son las que más me suelo encontrar ante la reaparición de un personaje, frases que, precisamente, explican y resumen, pero no muestran, con lo que no llegamos a sentir, en nuestras carnes, el cambio de ese personaje.

De nuevo, tendríamos que tirar de descripción, diálogo y acción para mostrar el cambio de ese personaje.

  • Descripción: de su aspecto, si es que ha cambiado, bien por el paso del tiempo, o porque ahora viste de otra forma, o tiene otro estilo. Ejemplo: “Algunas arrugas surcaban su rostro y su pelo había encanecido, pero sus ojos me observaban con la misma intensidad
  • Diálogos: si queremos mostrar que el personaje ahora, por ejemplo, es más ingenioso, experto o maduro.
  • Acción: en especial, sería fantástico si pudiéramos ver al personaje hacer algo que intentó llevar a cabo en el pasado y no pudo… mientras que ahora sí le sale bien. Esa es una perfecta muestra de cómo habría evolucionado.

Un buen ejemplo es el reencuentro, tras más de diez años, de las amigas Tina y Eli, en la novela “Entre amigas”, de Laura Freixas:

“Y nos reímos las dos, tontamente. Nos miramos un poco de reojo, con esa mirad -lo pienso ahora por primera vez- que se adquiere solo después de los treinta. Una mirada que juzga, que compara calladamente el presente con el pasado (…)

¿Cómo encuentro a Tina? Se me hace tan raro verla con gafas… ¿De veras era entonces guapa? Es atractiva, sí, pero no llama la atención. Y esa sonrisa tranquila, ese silencio…”

 

6. La época y el lugar

Siempre que estamos escribiendo en una época (o lugar) que no es el actual, o el que nuestro lector/a conoce como la palma de su mano, estamos obligados a mostrarlo para que la persona que lee nuestra historia se sienta allí.

Veo que, en muchas ocasiones, los autores y autoras se limitan, de nuevo a explicar:

  • “Era 1930”
  • “El siglo XVIII acababa de llegar a su fin…”
  • “En la segunda era tras la Caída del Trono…”

Está muy bien dejar claro desde el principio que no nos encontramos en nuestro aquí y ahora, por supuesto, pero tenemos que ir un paso más allá si queremos que nuestro lector/a se SIENTA transportado a esa época. Y ese paso es mostrarlo. 

Si yo leo que “estamos en 1930” pero luego no se muestra nada más y me cuentan cómo los personajes llegan a casa, se quitan los zapatos y se tumban en el sofá es muy probable que en mi cabeza se estén quitando unos Adidas y dejándose caer en el sofá Grälviken de Ikea.

Resultado de imagen de dogville
Probablemente querrás que la persona que lee tu historia vea, en su cabeza, más ambientación que esta…

¿Cómo se puede mostrar la época para que la persona que lee nuestro relato o novela se sienta transportado allí? Pues incluyendo, cada pocas frases, referencias que dejen claro que estamos en otro momento de la historia: la tecnología (antorchas o candiles en vez de luz eléctrica), el transporte (caballos en vez de coches), las comunicaciones (cartas en vez de teléfono), la ropa (largos e incómodos vestidos en vez de camiseta y vaqueros), los peinados, los muebles… y, por supuesto, acontecimientos sociales, calendario, canciones, libros o incluso expresiones.

Y lo mismo sucede si nos trasladamos a un país muy lejano o una cultura muy distinta a la nuestra (Japón, Islandia, Nigeria…) o, con más razón aún, a un mundo inventado de fantasía o un futuro de ciencia-ficción. Necesitamos mostrar a cada paso de nuestra historia (al menos durante los primeros capítulos).

Sobre todo esto no me extenderé más porque tengo un artículo completo que habla de la ambientación.

7. Relación entre varios personajes

En la película “El señor de los anillos” vemos al inicio a Merry y Pippin robando cohetes juntos, y después robando verduras en una granja. Así queda establecido que son amigos, que lo hacen todo juntos… y que tienen las manos un poco largas.

Continuamos con los personajes.

En este caso, algunos de los resúmenes y explicaciones que me encuentro en mis talleres tienen que ver con la relación que tienen varios personajes. Volvemos a lo mismo: si esta relación tiene una mínima importancia en la trama, deberíamos MOSTRARLA, en lugar de solo explicarla, en una escena, o varias, con sus acciones, gestos y diálogos o al menos con detalles. 

De esta forma, la relación queda introducida de manera natural, el lector simplemente deduce que existe ese grado de relación entre los personajes de forma indirecta, y toda la narración resulta más visual, ágil y emotiva.

Algunos ejemplos de “explicaciones” en mis talleres:

  • “Antonio Díaz  goza de la entera confianza del señor Herrera, esto lo llevó a ser su principal asesor político”.
  • “Ve en una mesa  a varios clientes alemanes a los que conoce bastante bien”.
  • “Elena es su mejor amiga”.

Si queremos mostrar que un personaje es el “asesor político” de confianza de otro, nos basta con redactar una primera escena en la que veamos a ese tal Antonio Díaz asesorando al señor Herrera cuando, por ejemplo, van a hacerle una entrevista en la radio sobre un determinado tema político espinoso.

El político puede decirle algo al final como “Cinco años trabajando juntos ya, ¿qué haría yo sin ti?” y Antonio Díaz respondería: “Perder elecciones”.

Con esa simple escena ya dejaríamos claro, de forma natural, lo que esa frase explicaba: es su asesor político y tiene su entera confianza. Además, en esa primera escena podemos aprovechar para que, en la entrevista, le pregunten algo que después estará relacionado con la trama principal. De esta forma la aprovechamos aún más: porque estas escenas que propongo para mostrar no solo tienen por qué tratar sobre ese tema, sino que pueden servir para mucho más.

De la misma forma, podemos mostrar en una escena a la protagonista de nuestra historia contándole a Elena algo que le acaba de suceder y pidiéndole consejo, y así sabemos que es su amiga. En el diálogo se puede dejar caer cuánto hace que se conocen o que Elena siempre ha estado ahí para ella.

A veces no tienen por qué ser escenas. Una amistad, relación de trabajo, o de flirteo, puede describirse también en forma de narración que resuma lo que ha sido, o es, esa relación, pero aportando un montón de pequeños detalles.

Aquí un ejemplo así de la novela “El arpa de hierba” de Truman Capote:

Naturalmente, todos nos sentimos intrigados y nos preguntamos quién podría ser el señor Morris Ritz. (…) No había hecho amigos y no se le veía en compañía de nadie, a excepción de la señora Verena, que nunca le llevó a casa ni lo mencionó a nadie hasta que un día su amiga Catherine tuvo el valor de decir: 

-Señorita Verena, ¿quién es ese ridículo y pequeñajo doctor Morris Ritz?

Y Verena replicó, palideciendo. 

-Bien, a mí no me parece tan ridículo como a muchas otras personas. 

La gente, escandalizada, comentaba la forma en que Verena se comportaba con aquel doctor judío de Chicago ¡veinte años más joven que ella! Más de una tarde pudo verse a Verena y al doctor Ritz encaminándose a la fábrica de conservas, un ruinoso edificio de ventanas rotas y puertas medio caídas. Hacía una generación que nadie se pasaba por allí, salvo algunos adolescentes que se escondían para fumar cigarrillos o desnudarse juntos. A principios de Septiembre, por un artículo en el periódico Courier, nos enteramos de que Verena había comprado la fábric.

Poco después de eso,  Verena le dijo a Catherine que matara dos pollos, pues el señor Morris Ritz iba a venir a comer a casa el domingo“.

8.  Actitudes de los personajes

Seguimos con los personajes: ya veis que hay mucho sobre ellos que se puede “mostrar” más que “decir” o explicar. En este caso me quiero detener en un aspecto más sutil que su aspecto o sus relaciones: sus actitudes.

Con ello me refiero a cómo se comportan en un momento dado, o incluso cómo cambia esa forma de actuar o comportarse a lo largo del tiempo. Me suelo encontrar resúmenes que -si el personaje es principal o el hecho es importante- precisan como agua de Mayo una escena o unos cuantos ejemplos concretos para mostrar:

  • La semana siguiente, Elena se esforzó más que la anterior en el trabajo.
  • No mostraba interés por la música. 
  • Estuvo en plan gruñón toda la noche

Como ya vimos en el apartado referido a los diálogos, estar “gruñón” puede tener toda una serie de diferentes niveles y rangos, y la manera de estar “gruñón” de un personaje apocado e introvertido seguro que no tendrá nada que ver con la de otro personaje más cínico, y menos aún con la de alguien con tendencias violentas. Por eso, si el personaje es esencial para la historia, o ese momento es importante para la trama, o para el desarrollo del personaje, deberíamos mostrar, bien una escena, o bien ejemplos concretos y plásticos de cómo el personaje desarrolla su actitud.

Os dejo un extracto de “Cuesta abajo” de Anne Tyler, que ejemplifica muy bien ese “No mostraba interés por la música”

A Evie Decker no le interesaba la música. Se notaba hasta en su mismo aspecto -baja y ancha, y pesada de pies-. Escuchaba las marchas sin marcar el ritmo, se le olvidaba la melodía de Barras y Estrellas y se movía torpemente por el gimnasio del instituto a pasos tambaleantes. A mediodía, mientras Evie comía el bocadillo, los chicos de la banda tocaban Dixieland en el rincón de la cafetería. Las agudas notas de metal perforaban el aire por encima de las mesas, surcándolo como flechas. Evie seguía comiendo, una chica regordeta y anodina enfundada en un sueter color marrón al que empezaban a salirle bolitas en los codos. 

Por eso, Violet Hayes (su única amiga) no entendía nada cuando Evie la invitó a un concierto de rock en el Sturdust Movie Theater”

 

9. Experiencia y profesión:

Otro de los aspectos en los que se suele resumir mucho (“diciendo” y no “mostrando”) en cuanto se refiere a los personajes es en cuanto a su profesión o su experiencia.

Ejemplos de resúmenes que suelo encontrar:

  • Soy un experto en hipnosis.
  • Ángela era una abogada de éxito.
Está claro que soy chef porque estoy en una cocina con una bata blanca manchada de salsa bolognesa.

Volvemos a lo mismo: si se trata de un personaje poco interesante basta decir “Fulanito, su amigo, resultó ser abogado”. Pero si Ángela es la protagonista de un relato largo, o un personaje de cierta relevancia en una novela, sin duda será entonces mucho mejor mostrar. Se puede hacer por medio de una “ensalada de detalles”, al modo de Anne Tyler en el apartado anterior, o podemos presentarla en una pequeña escena en la que la veamos ganando un juicio, o charlando con algún cliente que está interesado en contratarla.

No tiene por qué ser un extracto muy largo: bastan dos o tres párrafos y ya tendremos lista la “muestra” de lo que hace. Y, de nuevo, siempre se puede aprovechar para incluir en esa pequeña escena información relevante de nuestra trama principal.

10. Hechos pasados y edad:

  • Era un chico de 14 años
  • Acababa de cumplir los 70.
  • La empresa se había fusionado con otra hace años.

La edad de los personajes (o de edificios, mascotas, etc) es otro de los momentos en los que viene bien mostrar, aunque sea brevemente, para que tu lector/a se lleve una impresión más vívida, y no solo una afirmación que debemos creernos a pies juntillas sin ninguna prueba palpable.

Ese sí que puede ser un instante muy breve, pero un par de detalles dejados caer por aquí y allá pueden hacer que sintamos, de manera fehaciente, la edad de ese personaje u objeto, o el hecho pasado que queremos remarcar.

Básicamente la edad la podemos mostrar de tres maneras:

Por lo que el personaje hace (o por lo que no hace). Una persona mayor probablemente no entrará en escena dando cabriolas o persiguiendo un balón de fútbol -a no ser que sea futbolista profesional.

Por lo que el personaje dice: las cosas en las que se fija, o incluso su lenguaje mismo pueden ayudar a remarcar su edad.

Por su aspecto: y no solo me refiero a piel tersa, arrugas o calvicie, sino también al peinado, la ropa, etc.

Dejo como ejemplo la descripción de uno de los personajes de “El dios de las pequeñas cosas”, de Arundhati Roy:

En la vieja casa de la colina, Bebé Kochama estaba sentada a la mesa del comedor. Llevaba un camisón de algodón a cuadros, deslucido, de mangas abullonadas y con manchas amarillas de azafrán. (…). Estaba pelando un pepino con un aire de triunfo apenas disimulado. Tenía 83 años. Sus ojos se extendían como mantequilla tras unas gruesas gafas“.

Un ejemplo de la edad de un objeto, en este caso, de un camión, extraído de “La carretera”, de Cormac McCarthy:

El camión llevaba allí años, los neumáticos desinflados y arrugados bajo las llantas. El morro del vehículo estaba incrustado en el parapeto del puente y el remolque se había desenganchado de la chapa superior.

Como veis, estos autores no se limitan a darnos la edad del vehículo, o la edad de Bebé Kochama, sino que nos muestran detalles para que sintamos esa edad.

11. Las costumbres usuales del personaje o sus allegados

Aquí Joey nos dice que no le gusta compartir su comida…

Es muy usual que se tienda a resumir los hábitos o costumbres de los personajes, o las cosas que suceden de forma periódica y cotidiana. Parece -y entiendo que dé esa impresión- que basta con nombrar ese hecho para que cale, para que la persona que lee se haga una idea de cuál es el tipo de personaje o situación de la que hablamos.

Pero, como en casi todos los ejemplos que estoy poniendo en este artículo, nombrar, sin más, un hecho no hace que

…y aquí nos lo muestra

deje huella. Si se trata de algo que es mínimamente relevante para la historia, es mucho mejor que nos detengamos, aunque sea un poco, y mostremos ese hecho cotidiano y periódico, por medio de detalles, o de escenas.

Dedicarle ese espacio es como poner una lupa sobre él: inmediatamente resalta más y es imposible que pase desapercibido.

Además, como ocurre con todo lo que mostramos en lugar de explicar, apelamos a los sentidos, y la persona que lo lee se puede emocionar más con ello (o se le puede preparar para que se emocione más adelante).

Algunos ejemplos de costumbres o sucesos cotidianos o periódicos resumidos que me suelo encontrar:

  • Siempre desayunaba sola, mis hijos casi no pasaban por casa.
  • Discutíamos cada semana por la situación de la empresa
  • Los fines de semana teníamos sexo marital

Una buena fórmula de mostrar este ejemplo cotidiano es mostrarlo, primero en una escena y, más adelante en la novela o el relato, volver a mostrarlo -más brevemente: de esa manera la persona que lo lee deduce que es un hecho frecuente. Esta opción es perfecta, sobre todo, si queremos dar la impresión de que eso que hacen los personajes es muy rutinario y repetitivo, tanto que igual empieza a cansarles.

Pero es mucho más usual (e igualmente efectivo) que, simplemente junto a la afirmación de esa costumbre, hábito o hecho repetido pongamos algunos detalles concretos de cómo ocurre, o de lo que sienten los personajes cuando ocurre. Sencillamente mostrar cómo ocurre, y no solo “el qué”, va a hacer que la persona que lo lee lo sienta más, lo absorba.

12. Situaciones y descripciones:

Por último, sé -por mis talleres- que a muchas personas les cuesta describir un lugar o un ambiente. A veces es porque no sabéis cómo afrontarlas, pero, en otras ocasiones, lo que me encuentro son personas que “odian” las largas descripciones de la literatura decimonónica e intentan evitarlas por todos los medios.

Sin embargo, de la misma forma que con las costumbres o las acciones repetidas, simplemente definir con una palabra un ambiente o un lugar no suele ser suficiente para que la persona que te lee se lo imagine y, más aún, lo sienta en sus carnes. Pongo un par de ejemplos:

  • Todo está desordenado en la habitación
  • Llegaron al hotel: era tétrico
  • Era un pueblucho de mala muerte

Tal como he explicado -perdón: he mostrado- en otros epígrafes, palabras como “desordenado” o “tétrico” pueden dar a entender cosas -o al menos grados- muy diferentes. Por eso, y sobre todo también para que la persona que te lee sienta ese desorden, es importante detenerse un poco. Bastarían un par de frases, unas pinceladas (incluso una metáfora) para conseguir el efecto de “mostrar” en lugar de explicar.

Termino este post con un ejemplo de descripción de “pueblucho de mala muerte” a cargo de una magnífica escritora, Carson McCullers, y así comienza su obra “La balada del café triste”:

El pueblo de por sí ya es melancólico. No tiene gran cosa, aparte de la fábrica de hilaturas de algodón, las casas de dos habitaciones donde viven los obreros, varios melocotoneros, una iglesia con dos vidrieras de colores y una miserable calle mayor que no medirá más de cien metros. Los sábados llegan los granjeros de los alrededores para hacer sus compras. Fuera de eso, el pueblo es solitario, triste; está como perdido y olvidado del resto del mundo. Si se pasa por la calle Mayor una tarde de agosto, no encuentra uno nada que hacer”.


 RECUERDA QUE, SI QUIERES MEJORAR  TU ESCRITURA CONMIGO…

puedes apuntarte a mis TALLERES LITERARIOS POR INTERNET en Portaldelescritor  y empezar a escribir con mi apoyo y revisiones, en compañía de otros escritores.

En breve se inicia mi taller online “Comienza tu novela” y “Comienza tu novela de fantasía o ciencia-ficción“, así como mi Curso Avanzado de relato.

Y si tienes un libro ya terminado, puedo hacerte un informe de lectura y darte mi opinión y mis consejos. Escríbeme.

Newsletter

Comentarios

  1. K.M

    Hola, gracias por la información.
    ¿Podrías hablar sobre la comedia en la literatura? El cómo hacer chistes que den gracia y transmitan tanto carisma como los que hay en tu blog 😀

  2. Jean Ives Thibauth

    Hola Diana.

    Nos has regalado un gran trabajo. Muchísimas gracias.

    Has resuelto de manera muy efectiva el eterno dilema entre mostrar y no contar. Parece que todo el mundo habla de esta máxima, y te la recomiendan como si de un mantra de trataste, pero lo cierto es que hasta ahora no me había encontrado una explicación tan al detalle como ésta. Has conseguido desbloquear en mi mente cómo hacer eso de mostrar. Y lo más importante, has dejado claro, muy claro, que no es malo contar, explicar o resumir, así como de qué manera y cuándo emplearlo.

    Me ha encantado tu expresión “ensalada de detalles”. Con tu permiso me lo apunto. Para mí es el resumen de todas mis carencias cuando abordaba este tema.

    Infinitas gracias.

    Un abrazo.

    1. De nada, me alegra que haya servido. Varias personas me preguntaron justo por estos conceptos y vi que no había nada escrito de forma extensa y rigurosa. Un saludo 🙂

  3. María José

    ¡Hola Diana! Necesito de tu ayuda, yo quiero ser escritora (aunque creo que ya lo soy de algún modo) y llevo mucho tiempo sin poder terminar ninguna de las novelas que comiezo y me gustaría escribir una historia que le dejase algo a mis lectores, no quiero escribir una historia vacía y superficial. Me ayudarías muchísimo♡

Escribe tu comentario