Los 7 pecados capitales al redactar narrativa (y 3 hábitos para evitarlos)

Toca esta semana un artículo dedicado a los errores que más comúnmente me encuentro en mis talleres y revisiones y, en este caso, lo he dedicado a los errores a la hora de escribir narrativa.

No se trata, en esta ocasión, de las faltas de ortografía y gramática (para eso tengo otro artículo aquí) sino de cuestiones más amplias que tienen que ver con nuestra habilidad para expresarnos y para emocionar con lo que escribimos. Todo esto suelen ser algunas de las claves de la ESCRITURA DESCUIDADA, contra la que he alertado en numerosos artículos de mi blog.

Además, incluyo 3 maravillosos hábitos, al final de este artículo que no solo nos pueden ayudar a evitar estas fallas al escribir narrativa, sino que nos pueden servir para dar un salto cualitativo en este oficio de la escritura.

1. El epíteto sobreutilizado

Aunque con estas palabras tal vez os suena a chino, me encuentro muchos de estos,así que cuidado.

¿Qué es? 

Un epíteto -en su definición clásica- es un adjetivo que precede al sustantivo y que se usa para embellecer o crear un efecto estético. En muchas ocasiones -a diferencia del adjetivo calificativo- no añade nada de información, por ejemplo: La blanca nieve.

¿Para qué se usa?

Como decía antes, para provocar un efecto. En definitiva, para llamar la atención sobre esa palabra o sobre ese instante. Tal y como sucede cuando hacemos una descripción (de un lugar o de un objeto) un epíteto coloca una LUPA sobre el sustantivo, destacándolo sobre los demás.

No hay ningún problema en utilizar un epíteto precediendo al nombre de cuando en cuando; y, de hecho, es muy usual si tienes un estilo un poco lírico o quieres escribir de manera más “literaria”.

¿Cuál puede ser el problema?

El problema llega cuando incluimos adjetivos que preceden a los sustantivos muy a menudo y más aún si aparecen por parejas. En este caso, lo que provocamos es:

-Una sensación de estilo “forzado” y ampuloso. Es mejor utilizarlos con cuentagotas y siempre combinados con adjetivos calificativos.

-Provoca también que, al colocar esa “lupa” sobre muchos momentos de la narración, intentando destacar tantos no se destaque ninguno. Imagina que, en un campo verde, hay una amapola. La distinguirías en seguida por su color rojo, ¿verdad? Pero si estuvieras en un campo de fresas… sería más difícil.

Lo mismo ocurre -ya que estamos- con las descripciones. Si describimos al detalle cada pequeño elemento que aparece el lector siente que todos son importantes (y seguro que no es así… Además, cuando haya algo verdaderamente importante, le pasará desapercibido, pues no habremos sabido dejarle claro en qué fijarse.

Ejemplo

 Andrés descendió las estrechas y húmedas escaleras que bajaban al angosto y oscuro sótano. Sus verdes ojos brillaron.

Bastaría con eliminar una pareja (por ejemplo “bajaban al sótano”) o cambiar uno de los epítetos por un calificativo (descendió las escaleras estrechas y húmedas”)

2. El verbo comodín

¿Qué es? 

Con este término de mi cosecha me refiero a algo que me encuentro muy frecuentemente: verbos de uso muy común que se utilizan de forma incorrecta, o a veces correcta, pero poco precisa.

¿Cuál puede ser el problema?

En algunos casos se trata directamente de expresiones que no son correctas; en otras ocasiones, aunque sean correctas resultan en construcciones imprecisas, que nos dan un estilo poco cuidado.

Recordad que escribir un relato o una novela no es como escribir un informe legal, o un examen. En esos casos lo más importante es transmitir la información, pero en el caso de la narrativa lo que queremos es EMOCIONAR a la persona que nos lee, interesarla, intrigarla, hacerla reír o llorar. Crear un impacto.

Por eso, no solo es importante que se nos entienda, sino también expresarnos lo mejor posible.

Algunos ejemplos

Algunos de los verbos que más comunmente me encuentro como “comodín” son hacer, ver, poner, ser, estar…

Por ejemplo, es incorrecto (y me he encontrado todo esto):

-Hacer un fallo -> Cometer un fallo

-Hacer una sonrisa-> Esbozar una sonrisa

-Le vi durante un rato -> Le miré

-Junto a la mesa estaba una silla ->había

-Vamos a hacer un acuerdo -> vamos a llegar a un acuerdo, a firmarlo

-Hice una casa -> Construí, diseñé

-Voy a hacer un relato -> escribir, redactar

-El dolor no estaba -> Había desaparecido

-Hacer un informe– Redactar un informe

3. La sequedad

¿Qué es? 

Con este término me refiero a una tendencia narrativa que veo en algunos relatos o novelas. Un estilo seco, por llamarlo de alguna manera, sería uno en el que las frases son siempre breves, y siempre separadas por punto.

¿Para qué se usa?

Que quede claro que utilizar frases breves puede ser algo muy bueno, sobre todo en momentos en que estamos narrando una escena rápida y ágil (como explicaba en mi artículo “Cómo escribir escenas de acción”). Las frases breves, cortantes y secas dan esa sensación: que todo está sucediendo a gran velocidad.

¿Cuál puede ser el problema?

Si TODO nuestro relato o TODO nuestro estilo está narrado utilizando frases breves y cortantes, la sensación general será que la escritura es seca, dura. Tal vez es algo que estemos buscando (como en “La carretera”, la novela post-apocalíptica de Cormac McCarthy), pero si no es así, si no queremos que la historia suene gélida y cortante, entonces tendríamos que reescribirlo e ir adaptando nuestro estilo -al menos, en algunos momentos de nuestra narración.

Ejemplo:

Juan quería saber por qué se habían detenido. Bea se negó a contárselo. Ella le dijo que la tomara de la mano. Él la miró como si estuviese loca.

Como veis, a priori no hay ningún “error” ni ninguna falta, todo es gramaticalmente correcto (por eso comentaba que este artículo no iba de erratas, sino de algo más sutil). PERO suena demasiado cortante y seco, como acciones que no tienen que ver una con la otra, que no son una CONSECUENCIA de la otra, o no suceden al mismo tiempo.

¿Qué se puede hacer?

Se pueden introducir partículas subordinantes y unir algunas de las frases en una sola. De esta forma, sonará más natural, más dinámico y menos frío.

Por ejemplo, así:  Juan quería saber por qué se habían detenido, pero Bea se negó a contárselo, y, simplemente, le dijo que la tomara de la mano. Él la miró como si estuviese loca”

¿Se nota ahora la diferencia? 😉

4. El laberinto de las comas

¿Qué es? 

En cierto sentido, es lo opuesto a lo anterior. Es cuando encuentro frases interminables, llenas de comas (ni siquiera puntos y comas, o dos puntos… solo comas). En muchas ocasiones se trata de comas incorrectas, pero no tiene por qué ser así.

¿Cuál puede ser el problema?

En este artículo ya advertía del problema que puede surgir al usar muchas frases largas: falta de claridad, confusión, lentitud de la acción. Si, además, utilizamos solo comas (y algunas suelen ser incorrectas, porque el texto está pidiendo a gritos un punto y coma o unos dos puntos, o paréntesis), la falta de claridad es mucho mayor… así como la sensación general de escritura “poco cuidada”, que no emociona.

Ejemplo

Habían pasado más de dos horas sin que la chica se moviera de la silla, su estómago le comenzó a rugir, miró por la ventana y era ya mediodía, su compañero aún no había llegado, se estaba empezando a aburrir de la situación, ya era demasiado

Este es un ejemplo exagerado (con varias comas muy incorrectas), pero ojalá no me encontrara similares cada curso.

Fijaos cómo queda el mismo texto cuando se usan dos puntos, punto y coma, puntos suspensivos… ¡y puntos!

Habían pasado más de dos horas sin que la chica se moviera de la silla. Su estómago le comenzó a rugir; miró por la ventana y era ya mediodía, pero su compañero aún no había llegado. Se estaba empezando a aburrir de la situación: ya era demasiado

5. La repetición involuntaria

¿Qué es? 

Hace unos meses le dediqué un artículo completo a la repetición como recurso que se puede utilizar en narrativa (y poesía), pero hay que tener en cuenta que, en ese caso, estaríamos hablando de repeticiones voluntarias, incluidas ex profeso en el texto para provocar un efecto.

En este caso, lo que incluyo aquí como “pecado narrativo” serían las repeticiones que cometemos, sin darnos cuenta, al escribir.

¿Cuál puede ser el problema?

Esas repeticiones involuntarias afean el texto, y, de nuevo, nos dejan sensación de escritura “poco cuidada” y no ayudan a que disfrutemos el texto. Una repetición “fea” puede conseguir “sacarnos de la historia” (como cuando suena el móvil en el cine), recordándonos que no se trata de una historia real, sino de algo inventado, e impidiendo que nos emocionemos.

Ejemplo

“Estuve caminando durante horas y después de caminar, llegué a la casa”

Pero también puede resultar fea una repetición de términos similares, incluso aunque no sean iguales, como:

“Cuando le miré, él también se me quedó mirando. Y su mirada me atravesó”

6. El adverbio

Dice Stephen King que “El camino al infierno está pavimentado con adverbios“. Veamos a qué se refiere.

¿Qué es y para qué se usa?

Los adverbios son ese tipo de palabras que califican a un verbo (de la misma forma que un adjetivo a un sustantivo). Los más conocidos -y a los que se refiere Stephen King- son los adverbios de modo: fuertemente, profundamente, cruelmente, despacio, mejor, adrede…

¿Cuál puede ser el problema?

El problema con los adverbios viene porque muchas veces los usamos como una muleta para complementar un verbo poco preciso (incluso un verbo “comodín”) en lugar de buscar el verbo preciso.

Gran parte del pecado de la escritura “poco cuidada” es ese: no buscar la palabra exacta y escribir lo primero que se nos ocurre, sin revisar, o usando parches.

Además, por otro lado, los adverbios de modo (que en nuestro idioma suelen terminar en “mente” y en inglés en “ly”) suelen ralentizar el ritmo narrativo.

Ejemplos

Con unos ejemplos lo veremos más claro -y esto me lo encuentro mucho.

Lo miró atentamente -> Lo observó, lo contempló

La cogió fuertemente del brazo -> La agarró

Lo tiró lejos -> Lo arrojó

Lo cosió rápidamente -> Lo enhebró

En estos casos, se ve bastante claro cómo el verbo que he elegido yo es una forma mucho más precisa que la expresión del ejemplo. Pero hay veces en que, aunque no se trate de una transcripción precisa del mismo significado, se utilizan verbos muy comunes y adverbios en lugar de buscar verbos más descriptivos o precisos.

-Le mató cruelmente -> Le descuartizó, se ensañó al acuchillarle

-Corrió despacio -> Se apresuró, aligeró el paso

7. La compartimentación de la narrativa

¿Qué es? 

Este es el pecado más complejo de todos, y, aunque ya hablé de ello en un artículo, lo vuelvo a sacar a relucir.

Con esto me refiero a que en ocasiones me encuentro textos donde los autores o autoras “separan” de forma artificial los diferentes tipos de discurso. ASí, me encuentro una larga descripción; después, dos párrafos de acciones de los personajes, y, por último, también separado, diálogos.

¿Cuál puede ser el problema?

El problema es que el resultado es muy frío y artificial. Aunque a primera vista puede no notarse,cuando se trata de un relato largo o una novela, si el autor/a suele cometer este pequeño fallo eso va a lastrar su estilo. La persona que lo lee va a notar que algo no fluye (aunque no sea capaz de notar qué) y no disfrutará tanto de la historia.

Ejemplo

Como ya lo traté en otro de mis artículos, dejo el enlace. Se trata del artículo “10 errores en la escritura de diálogos” y este está casi al final, el error 9, con un detallado ejemplo.

3 buenos hábitos para evitarlas

No podía terminar el artículo sin mostraros algunas pequeñas y sencillas técnicas para ayudaros a evitar esos errores. 😉

1. Leer en voz alta

Simplemente si al terminar de redactar el folio (o folios) de ese día te detienes unos minutos y lo lees en voz alta eso te va a servir muchísimo.

Primero -y sobre todo- para evitar repeticiones. Van a destacar como luces de neón, créeme. Segundo, para ver si las frases son demasiado largas, o demasiado cortas. Y, de paso, incluso te puede ayudar a comprobar si los diálogos suenan naturales 😉 ¿Quién da más por tan poco?

2. Diccionario de sinónimos

¿Que quién da más por tan poco? ¡El diccionario de sinónimos! Si aún no lo conoces, te acabo de presentar a tu mejor amigo para toda tu vida escritora.

A mí ni se me ocurre escribir sin tener abierta la página de Wordreference de sinónimos. Solo tienes que escribir el término que se parece a lo que buscas (esa “primera palabra” que se te ha venido a la mente, que seguramente será un verbo comodín, o un sustantivo muy usado…) y no solo te va a ofrecer muchas otras opciones, sino que, haciendo clic, puedes navegar de una palabra a otra hasta dar con la exacta. No dejes de probarlo.

3. Leer y transcribir

Por último, quienes habéis pasado por mi blog antes, ya sabréis que uno de los consejos que suelo dar más a menudo es ¡leer! Leer buena literatura, a poder ser (no necesariamente clásicos), y leer fijándoos en cómo ha usado el autor o autora las palabras (lo explicaba en este otro artículo).

Aquí complemento ese repetido consejo -uno de los momentos en que la repetición es muy útil es para fijar una idea en la cabeza de otro- con otro más: transcribe.

¿Y eso qué es? Pues sencillamente, elegir un libro o un extracto que te guste (de un libro publicado, me refiero) y copiarlo tú a mano en un cuaderno o en tu ordenador. No para usarlo (¡por supuesto! Tiene derechos de autor) sino para que,de forma más práctica y plástica, notes en tus propias carnes, en tus dedos, el ritmo de las palabras, la elección de los vocablos, la extensión de las frases. Es un ejercicio que te puede sorprender.

¿Y tú, cometías alguno de estos pecados? ¿Conoces otros que crees que debería añadir al artículo? Ya me dices en los comentarios,aquí debajo. Estaré encantada de charlar contigo. 

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Comentarios

  1. Elisa

    Artículo estupendo, como siempre, Diana.
    Podría decir que cometo todos, salvo -espero- el verbo comodín y la sequedad. Entiéndase: peco de rimbombante. Pero gracias a tus artículos y a la experiencia que voy ganando, siempre reviso los textos para corregirlo.
    Me ha hecho gracia lo de Wordreference ¡yo también lo tengo siempre abierto!
    Me gustaría añadir un truco que utilizo yo para evitar repeticiones o verbos comodín: pongo la palabra en cuestión en el buscador del procesador de texto. Si me muestra mucho fosforito… ¡Error!

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