Síndrome de la escritura vaga

Síndrome de escritura vaga: 10 síntomas para comprobar si lo padeces

Si has leído más artículos de mi blog, tal vez habrás visto que a veces comparo la escritura con la agricultura: también cuando escribimos tenemos una semilla (la idea), que irá creciendo bajo nuestros cuidados y, tras un tiempo, dará fruto.

¿Qué pasaría si, después de plantar la semilla, no la regamos lo suficiente, no la abonamos, no la podamos? ¿Si no le eliminamos los parásitos? ¿O si no cuidamos de que tenga luz, de que no le dé demasiado frío…? Probablemente, dará pocos frutos, no estarán sabrosos, o incluso, en el peor de los casos, puede enfermar y morir.

Pues con la literatura ocurre igual: cuanto más la cuidamos y la mimamos, más hermosa y más emocionante será la obra final. Cuanto más trabajo le dediquemos, más frutos veremos al final.

Estarás pensando, seguramente, que esto es algo tan lógico que no merece ni que escriba  un artículo sobre ello, ¿verdad? Pues no te imaginas la cantidad de veces que me encuentro  relatos o novelas a los que  no se les ha dedicado el trabajo que necesitaban.

Y eso se nota. A veces casi desde las primeras líneas. Y eso significa que ese relato, novela o guion resulta menos rico y menos emocionante… y, sobre todo, significa que, si se trabaja un poco más, puede llegar a mejorar mucho.

He llegado a anotar hasta diez síntomas que se pueden percibir cuando sufrimos lo que yo llamo el síndrome de la escritura vaga. ¿Padeces alguno de ellos? 🤔

Compruébalo aquí:

1- Dejas como inicio la primera frase que se te ocurre 

El inicio de nuestro texto, sea relato, novela, obra de teatro… es importantísimo. Es una primera frase que va a intrigar a quien nos lee y a dejarle con ganas de más. No necesariamente porque se incluya en ella un misterio; a veces es simplemente porque nos empieza a dibujar a un personaje, o un lugar o una situación que nos parece interesante; otras, por el estilo o la fuerza de la redacción. Pero, en cualquier caso, siempre tiene que estar muy bien pensada y redactada.

Puede que en alguna ocasión se te ocurriese una primera frase ideal nada más empezar a trabajar tu texto (o incluso todo él surgió a partir de esa frase). Pero desafortunadamente no suele ser lo habitual: así que esta primera frase necesita ser repensada, testada y reescrita más de una vez.

¿Y tú? ¿Has probado diferentes frases hasta dar con una que te hizo exclamar: «¡Esta es perfecta!»? ¿O simplemente dejaste la primera que escribiste sin volver a pensar en ello?

Si se trata del último caso, te recomiendo cuidar mejor la semillita de tu planta, para que emocione más a tus futuros lectores y lectoras. Dedícale más tiempo a este primer paso de tu historia.

Puedes profundizar en la escritura de la primera frase en estos artículos de mi blog:

 

2-Tus personajes no tienen amistades, ni vida personal

En mi taller online de novela tengo un ejercicio dedicado a definir un poco al personaje principal. Una de las preguntas es si tiene amigos o amigas y hablar un poco de ellos: 60% de las respuestas que recibo a esta pregunta es «No tiene amigos».

¿De verdad el 60% de las novelas que trabajamos en mi taller están protagonizadas por personajes tan asociales o introvertidos que no tienen un solo amigo en el mundo? ¡Claro que no! Es el síndrome de la escritura vaga en su máximo exponente: «no quiero gastar tiempo en pensar detalles sobre mis personajes«.

Pensamos que la literatura es solo el argumento principal de la historia. Que si la novela o el relato trata de la búsqueda de un tesoro, entonces tu personaje solo tiene que encontrar el mapa y seguir las pistas y evitar que los malos le atrapen… Y es verdad que con esas acciones la trama se sigue perfectamente y se entiende. Pero la literatura no es solo contar una historia para que se entienda: es contar una historia para que emocione.

Y conocer bien a los personajes (casi incluso en un relato) hace que empaticemos con ellos, que vivamos con ellos su historia y que nos impacte más.

Así que estos pequeños detalles sobre su vida (si tienen un trabajo que aman o que odian, si tienen amistades, si acaban de sufrir una ruptura o si odian los yogures con trozos de fruta) es justo lo que necesitamos para que tus lectores conecten con tus personajes y se interesen y emocionen más con lo que les ocurre.

¿Y tú? ¿Te imaginas vivamente a tus personajes, especialmente en obras largas como novelas, guiones o teatro? ¿O te dedicas solo al argumento y echas poca cuenta a los detalles que recrean la vida de tus personajes, que los convierten en algo vivo, más allá de un estereotipo? Si este es el caso, puede que necesites dedicar más tiempo a tus personajes.

Puedes profundizar en la construcción de personajes en estos artículos de mi blog: 

 

3- No usas el diccionario para buscar la palabra exacta

Las palabras son nuestra herramienta de trabajo. No solo tenemos que saber usarlas: tenemos que utilizar las mejores para cada ocasión (al igual que un carpintero o una fontanera usan la llave precisa, o una tuerca de los milímetros adecuados), y sacarles el mayor partido.

Recuerda que el lenguaje literario no solo pretende informar, sino también emocionar. Por eso, prácticamente cada palabra cuenta. Y, cuando te encuentras, por ejemplo, muchas repeticiones o muchos «verbos comodín», como yo los llamo, se nota que la escritura es descuidada.

Cosas como: «Me miró y en su mirada vi que estaba triste. Nos quedamos un rato mirándonos…» o «He decidido que voy a hacer un libro» (en lugar de «escribir un libro») o «Pillé su mano mientras hacía como que estaba enfadada» (en lugar de «agarré su mano mientras fingía estar enfadada»).

Sin ser exactamente faltas o errores, sí que dejan mal sabor de boca. Como unas frutas que no han madurado bien porque no se les ha dedicado el tiempo y el trabajo necesario.

Yo siempre escribo con el diccionario de sinónimos abierto en internet. Siempre. (Y no digamos ya en la reescritura: más necesario aún).

¿Y tú? ¿Dedicas tiempo a buscar la palabra precisa que tus frases -o tus personajes- necesitan? ¿Usas diccionario o diccionario de sinónimos? Si no lo haces, cuidado, porque seguramente tus textos necesitarán un poco más de abono.

Puedes leer más sobre la escritura descuidada en estos artículos de mi blog: 

 

4- Usas el worldbuilding (o la ambientación) que ha creado otro escritor/a

Esto me sucedía muchísimo cuando impartía el taller de Novela de Fantasía y ciencia ficción (que ahora dirige otro profesor, el escritor y editor Pablo Campos):  muchas veces llegaban al curso tramas interesantes o incluso muy originales; sin embargo, en cuanto trabajábamos la creación del mundo de fantasía o del futuro, se inspiraban demasiado en obras ya existentes («El señor de los Anillos» y «Juego de tronos» eran las triunfadoras).

¿Sabías que, hasta que Tolkien los usó en «El Señor de los Anillos», los elfos clásicos en realidad eran seres pequeños, graciosos y traviesos? Aunque no inventó a ninguno de esos seres, para todos ellos creó una nueva realidad y una razón de ser y de encontrarse todos juntos en un mismo mundo. También la saga «Canción de hielo y fuego» (trasladada a tv como «Juego de tronos») mezcló de forma original magia, dragones y zombis. También la saga «Harry Potter» fue la primera en situar la magia en un colegio tradicional británico, por ejemplo.

Los grandes libros siempre buscan su propia ambientación, o, al menos, le dan una vuelta de tuerca y van más allá de los ambientes tópicos, y de los típicos malos «oscuros» y los buenos «luminosos» y blancos.

¿Y tú? Si escribes sobre mundos de tu invención, ¿te has parado a trabajarlos para que resulten algo diferentes, o incluso sorprendentes? ¿Has dejado en ellos tu huella o tu personalidad? Si no es así, puede que necesite un poco más de tiempo y dedicación.

 

5- Todos los personajes se parecen: reaccionan igual y hablan igual

Otro síntoma de escritura vaga es que, en un relato, novela, guion, etc en el que aparecen varios personajes, todos ellos se parezcan mucho entre sí.

Eso se nota porque todos hablan de la misma manera (con el mismo tipo de lenguaje, con vocabulario similar, expresiones parecidas…) y también porque todos responden igual ante una situación. ¿Sucede acaso eso en la realidad? Claro que no. Ni en la buena ficción.

Imagina que todos los personajes de Juego de Tronos, o de La casa de papel, se quedan de repente encerrados en un ascensor en medio de un terremoto: estaría los que se pondrían nerviosos (Theon Greyjoy o Sam Tarly, o Mónica, de La casa de Papel, antes de convertirse en Estocolmo); otros, con mucha tranquilidad, idearían un plan para salir (El profesor de La casa de Papel, por supuesto, o Meñique, de Juego de Tronos, aunque dejaría al resto encerrado seguramente); otros se lo tomarían a guasa y soltarían alguna gracia, como Tyrion o Helsinki; otros se enfadarían mucho y empezarían a echar las culpas a los demás (a lo mejor Tokio o Alicia Sierra, o Brienne de Tarth o Cersei) y habría quienes intentarían liderar y poner orden, como Jon Snow o Lisboa…

Lo mismo ocurre con la forma de hablar. No debería expresarse igual una chica de 15 años que una señora de 75, un señor prepotente que un joven indeciso, una científica que un filósofo. Esta imagen es de una de mis publicaciones de Instagram donde hablo de los errores típicos que encuentro en los diálogos:

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¿Y tus personajes? ¿Te detienes a pensar en cómo se diferencian unos de otros? ¿Les buscas una particular forma de expresarse? Si no lo haces, seguramente necesitan que los podes un poco más.

Puedes leer más sobre cómo individualizar a los personajes en estos artículos de mi blog: 

 

6. No das detalles concretos

Esta es una señal muy clara (y habitual) de quien escribe de forma apresurada: en la narración todo es vago o poco concreto. Nuestro personaje «tiene que mudarse de ciudad», para empezar «un nuevo trabajo» y coge «un tren por la mañana», en el que viaja con «mucho equipaje».

¿Se han dado los datos necesarios para entender la historia? Sí. ¿Se han dado los datos necesarios para que nos intrigue la historia, nos llame la atención el personaje, conectemos con él y empaticemos con sus problemas?

Rotundamente, no.

La vida real está llena de detalles. Cuando hablamos con nuestras amigas y les contamos alguna anécdota que nos ha sucedido, le damos los detalles: el día, la hora a la que te vas, las maletas que te llevas, si no te ha cabido el jersey rojo que tanto te gusta o todos tus libros; a qué ciudad te mudas y a qué calle, cuál es el nuevo trabajo, por qué te emociona. Las personas que mienten, que saben esto de forma intuitiva, aderezan su mentira con muchísimos detalles (a veces incluso se pasan).

No se trata de rellenar páginas y páginas, pero sí de, en cada cosa que narres en tu historia, intentar dar el dato concreto (me mudo a León) en lugar del genérico (me mudo a otra ciudad).

¿Y tú? ¿Sueles concretar cuando narras, pensar en esos detalles concretos de tu historia y de tus personajes e incluir muchos de ellos? ¿O redactas sin pensar en nada de esto y tus relatos o novelas quedan vagos y poco precisos? Porque eso puede restarles verosimilitud, vida.

Puedes profundizar en el uso del detalle en este artículo de mi blog: 

 

7. Escribes el primer desenlace que se te ocurre, sin testar posibilidades 

Seguro que tú también sabes lo importante que es el desenlace de tu historia: sea como sea que haya transcurrido el argumento y las peripecias de tu protagonista, el final de la trama es lo que marcará a la persona que lo lee, le dejará buen o mal sabor de boca, le decepcionará o le hará ganarse un hueco en su corazón para siempre.

Lo mismo que ocurría con la primera frase, el desenlace es uno de los momentos más impactantes de tu historia y merece que se le dedique una buena cantidad de tiempo. El problema es que, muchas veces, si se trata de una obra larga, estamos cansados y deseando terminar ya. Como sea. Y entonces acabamos la historia de cualquier manera y, claro, eso se nota.

Jamás va a impactar tanto un final «cualquiera» elegido apresuradamente, que uno bien pensado, testado, incluso, en medio de otros finales. ¿Sabes que para la mítica película «Casablanca» tenían escritos tres finales distintos? E iban a rodarlos todos, pero al filmar el primero, les gustó tanto, que no llegaron a rodar más. Pero es, sin duda, una buena práctica.

Cuando soy jurado del Premio Ripley, que en sus tres primeras ediciones era un premio de relato, el desenlace era el momento en el que más relatos cojeaban. Definitivamente, merece que se le mime y se le dedique el tiempo necesario. Además, elegir el desenlace tiene mucha técnica detrás.

¿Y tú? ¿Cuando terminas una historia te quedas con el primer final que se te ocurre o lo piensas muy bien? ¿Lo revisas, reflexionas y pruebas distintas posibilidades? Si no, es posible que, aunque el resto de la obra sea muy buena, acabe impactando menos de lo que merece.

Si quieres aprender todos los trucos y técnicas de un buen desenlace, puedes leerlos en estos artículos de mi blog: 

8. No describes

Me explico: dependiendo de tu estilo (sobre todo si eres resumidor/a o explayador/a, como explico en este post) tendrás tendencia a describir mucho o a describir muy poco. No se trata de cambiar la tendencia natural de tu estilo, pero sí de estar alerta.

Si describes muy poco los lugares, personajes, objetos importanteso si no los describes en absoluto, podría ser -quizá- síntoma de que necesitas dedicarle un poco más de tiempo al texto. En especial, si escribes fantasía o de ciencia ficción, o si escribes histórica, describir es esencial: los personajes se encuentran con lugares, objetos, medios de transporte y situaciones que tus lectores no conocen. En esos géneros es esencial la descripción.

En otros géneros, no se necesita tanto, pero siempre viene bien detenerse un poco en algún objeto, personaje, o lugar que luego va a resultar importante en la trama. O, aunque sea brevemente, dar unas pocas pinceladas cuando algo aparece por primera vez, para que tus lectores puedan visualizarlo correctamente y seguir la historia sin confusiones.

¿Y tú? ¿Te detienes habitualmente a describir a tus personajes y lo que les rodea? 

Aquí tienes dos artículos de mi blog que hablan de este tema: 

 

9. Apenas te documentas sobre lugares, eventos, profesiones

Un poco al hilo del «síntoma» anterior, pero diferente: la tarea de documentación es un trabajo que generalmente precede a la escritura (aunque también se puede llevar a cabo al mismo tiempo, o incluso después) y que consiste en buscar información de elementos que aparecerán en tu historia pero que tú no dominas.

Por ejemplo, si tu protagonista es abogada, es buena idea informarte un poco de la profesión, de cómo funciona la defensa o un juicio o cómo se presenta una demanda… sea lo que sea lo que tu protagonista va a hacer. Y no está de más buscar vocabulario de la jerga de su profesión, para incluirlo en sus diálogos cuando esté trabajando… o incluso cuando no esté trabajando. Incluso, si se trata de una novela, lo ideal sería que hablaras con alguien que ejerza esa profesión, que le preguntes dudas, o que repasara lo que escribes.

Algo parecido es bueno hacer cuando la trama tiene lugar en alguna ciudad o país que no conocemos bien. Informarnos del lugar, de sus costumbres, de su tiempo atmosférico, los precios, la comida, ver fotos, incluso «darnos un paseo» virtual gracias a Google Maps por las calles por las que caminará tu personaje. Estas son excelentes maneras de crear una gran ambientación, verosímil y creíble, para tu historia. Lo mismo con un evento que no conoces y aparezca en tu texto, alguna fiesta, alguna costumbre, ropas, etcétera.

¿Y tú? ¿Le dedicas un tiempo específico a la búsqueda de información para ambientar y dar realismo a tus historias? Porque si no lo haces, en ese caso -sí o sí- va a necesitar ese abono para crecer robusta y convertirse en una gran historia.

Aquí hablo en profundidad sobre ambientación y documentación: 

-Ambientar tu historia, ¿qué sucede alrededor de tu personaje?

El detalle que le falta a tu relato o novela: la documentación 

No pasa nada por escribir una primera versión del texto sin haber hecho este trabajo: pero, en ese caso, sería bueno informarse y documentarse cuando estemos haciendo la reescritura. Y hablando de reescritura…

 

10. Reescribes una vez… o ninguna

Hay una frase muy famosa de Ernest Hemingway: «El 50% del proceso de escribir es reescribir».

Poco se habla de la reescritura y la mayoría de personas que escriben envían sus textos a premios y editoriales tal como terminan el primer borrador, o después de haberle dado un único repaso. Mucho me temo que eso suele ser bastante insuficiente…

Para la mayoría de los textos son necesarias varias reescrituras, en las que nos vamos a ir dando cuenta de muchas cosas, no solo de si se nos ha pasado una coma o una tilde: repeticiones, frases que no se entienden, palabras poco precisas… pero también incoherencias de la trama, momentos que son más aburridos, escenas que nos gustaron al escribirlas pero ahora nos dejan indiferentes, personajes que han quedado sosos. ¡Mil y un detalles que pulir!

Durante mi baja maternal comencé a escribir una novela por entretenerme: ya le he hecho nueve reescrituras. De arriba a abajo.  Hemingway reescribió 47 veces el final de «Adiós a las armas». Cuando un periodista le preguntó que cuál había sido el problema, él respondió:

-Encontrar las palabras exactas. 

Sin llegar al extremo de Hemingway, yo sí que recomiendo realizar varias reescrituras. Idealmente, después de haber dejado «reposar» el primer borrador un mes o dos, para poder leerlo con ojos frescos. Cuatro o cinco reescrituras me parece un número que ya empieza a ser adecuado y hasta 10 lo veo bastante normal.  Por la razón que decíamos al inicio: escribir es, en un 50%, reescribir. Eso significa que podrías dedicar tanto tiempo a las reescrituras como el que dedicaste a terminar el primer borrador completo.

Porque la escritura es así. Escribir es ir aproximándonos, poco a poco, en sucesivas pruebas, al texto ideal y perfecto que tenemos en la mente… y que, generalmente, no se logra alcanzar. Decía Flaubert: «Me irrita mi propia escritura. Soy como un violinista que oye una melodía perfecta, pero no logra reproducirla con sus torpes dedos«. Así que ya sabes: hay que reescribir mucho, pero sin desesperarse, porque no lograr la perfección que deseamos suele ser bastante común.

¿Y tú? ¿Reescribes tus textos después de terminarlos? ¿Una sola vez o más veces? ¿Cuál es el texto que más veces has reescrito?

Te dejo un artículo mío que incluye ua checklist con todo lo que viene bien repasar en una reescritura:

¡Espero que este artículo te haya resultado útil! Si quieres, déjame en los comentarios cuántos de estos «síntomas» tienes, jeje 😉 Pero ya ves, si es así, que todo tiene arreglo: basta mimar un poco más nuestros textos. 


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Comentarios

  1. Waldemiro Luchini

    Diana, pareciera que me has estado viendo escribir y me corriges. Enseñanzas más que útiles. Infinitas gracias. Un fuerte abrazo

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