Del poemario en preparación “Islas secas”

 

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ERA OTOÑO, RUMOR DE ESTIÉRCOL

 

El tren languidece entre chirridos

con la fatiga de una torpe vaca;

un aire de chicharras se me asoma.

 

Mugían al tropel los animales:

un reguero pardo que

se descorchaba en la colina,

largo y musical, hipnótico.

 

Hoy también se rasga en dos el campo:

la súbita cremallera

de los raíles. Voy deprisa.

 

Entonces, junto a mí

la vaca se erigía como un precipicio:

excesiva y perdurable.

 

Se van

desentumeciendo los vagones

con el monótono latido de algo que respira

-metal que suena o gime-

y un sosiego que se queda ahí, enganchado en la corteza.

 

En paralelo, el sencillo trayecto de las bestias,

la espuma de hojarasca chorreando en las pezuñas.

Su olor a leche se mastica: conseguí rozar

una quijada.

 

Atrás quedaron esas primeras veces.

 

Se trenza ahora la tierra en un rebaño de átomos

entumecidos como ciertos recuerdos.

Todo se oxida.

 

Entonces erraban las vacas perfiladas con el lodo;

hoy, al fondo, la ciudad con sus tallos quietos.

 

Estamos llegando. Era otoño

-ese rumor de estiércol y osamentas-

lo recuerdo bien.

 

El tren tirita.

 

MIENTRAS RESPIRO

 

La cinta de Moëbius está en marcha.

 

Tengo diez años;

mi frente sobre la ventanilla del coche

y el atardecer se resquebraja al fondo.

De repente, lo sé:

todo lo que empieza debe terminar

La carretera continúa.

 

Parpadeo:

diecinueve años.

Se me abotonan las llagas en el pecho.

Si duele, soy.

Encuentro rabia para

arañar los barrotes de mi celda:

el ahora, este gato de Cheshire que existe

mientras desaparece.

 

Como un árbol

se desploma la inevitabilidad de los inviernos

uno tras otro,

 melodías que se repiten.

Pero engañan; el mundo se fagocita

y se reinventa con cada nuevo latido.

 

Incluso

la galaxia misma se dilata, en supernovas y vientos

solares, para volver a contraerse:

la sístole perenne de los agujeros negros

me palpita en la sangre.

Por un instante

todo queda en suspenso en el dique de tus ojos.

Y entonces el ritmo se retoma. Y cae la tormenta

con sus huellas de océano.

 

Pero no es alivio suficiente el saberse cáscara

de preludios. Aún así, asusta.

Mientras respiro, espero retener lo incontenible.

 

Y no puedo.

 

 

ME ESCONDO AQUÍ

 

Ni la espuma de una frase que brota.

Ni el sabor levísimo a cebada en el aire

sirven.

 

Que se detenga todo.

 

Quiero volver allí, donde

las heridas

como abedules en llamas

encienden ese horizonte oscuro

siempre al acecho.

 

Y es que amo la grieta: esa

vivisección a pecho abierto, ese temblor

de arterias, esa magulladura.

 

Y, sí, a veces

me distraes con la maleza de tus besos

con ese fino decorado

tras el que se adivina, aún,

la laguna reseca.

 

Pero el dolor…

El dolor nos desnuda como aves

disparadas contra

la cárcel y su tapia de polvo.

De algún modo

las cicatrices embisten el escollo voraz de las mareas.

 

De algún modo

me escondo aquí,

en la gangrena.

Mejor carne acuchillada que ausente.

 

Mejor escarcha.