Los 10 errores más comunes al escribir diálogos (con ejemplos)

Revisando estos días algunas entregas de alumnos de mis talleres de novela y relato, me he dado cuenta de que hay un post clásico que aún me faltaba por escribir, y es el de mostrar los principales errores que me suelo encontrar en la escritura de diálogos.

Los diálogos suelen ser un tema estrella en los talleres: algunos me dicen que les parece uno de los recursos más difíciles de aprender. Sin llegar a eso, sí es cierto que son muchos los aspectos que hay que tener en cuenta para que resulten naturales, ágiles y emocionantes.

Dejo hoy aquí, entonces, algunos de los fallos que más habitualmente me suelo encontrar al revisar relatos o novelas, e incluyo ejemplos que espero sirvan de aclaración.

1. DIÁLOGO EXCESIVAMENTE LITERARIO 

El “number one” sin duda de los errores a la hora de escribir diálogos es olvidarse de que se trata de un texto que, supuestamente, un personaje tiene que decir en voz alta y hacer que nuestros personajes usen palabras o expresiones complejas, rebuscadas o inusuales… Con ello, el lenguaje parece forzado y el resultado no es nada realista ni natural.

Me refiero a cosas como:

–Hemos de tratar de olvidar, sin duda, los tiempos aciagos.

Todo en esa pequeña frase rechina: desde la formalidad del “hemos de”, hasta el inciso de “sin duda” (al hablar, probablemente lo incluiríamos al principio o al final de la frase, y no en medio, denotando que la oración está muy pensada), pasando por palabras como “aciago” que nadie menor de 90 años tiene en su vocabulario habitual.

A no ser que se trate de un viejo profesor prepotente o una poetisa, o alguien similar, esa forma de expresarse normalmente está fuera de lugar en un diálogo y debemos reservarla -si es un estilo que nos gusta- para la narración.

La misma artificialidad se consigue cuando los personajes hablan con frases muy largas, llenas de subordinadas, perfectamente engranadas.

Fíjate en ti mismo/a cuando hablas, o en las personas que tienes cerca: lo normal es que usemos frases cortas y, si utilizamos alguna más larga, más de una vez tendremos que detenernos a encontrar la palabra justa, o volver atrás para rectificar. Ese tipo de detalles eliminan le darán agilidad y naturalidad al diálogo.


2. TODOS LOS PERSONAJES SE EXPRESAN IGUAL

Lo mencioné ya en mi post sobre fallos en la construcción de personajes y aquí ocurre lo mismo a nivel de diálogo: si todos los personajes se expresan de la misma manera, algo cojea en la historia.

Lo habitual en una historia es que haya un buen grupo de personajes y, como en la vida real, serán personas diferentes, cada una con su personalidad, su educación, su experiencia, sus problemas… Eso se debe reflejar -idealmente- en su forma de actuar, y, por supuesto, en su forma de hablar.

Además, generalmente, cuando los personajes reaccionan igual, o hablan igual, suelen hablar como TÚ, querido autor/a. 😉

Volviendo a la poetisa o personaje pomposo del punto anterior: por supuesto, podríamos tener un personaje que hable así, sin duda. Pero lo normal sería, entonces, que el resto de personajes NO hable así, sino que cada uno use sus propios giros, sus propias palabras.

Escuetamente, podríamos decir que, para imaginar cómo debe hablar un personaje tendríamos que tener en cuenta:

-De dónde es: no emplean las mismas expresiones una persona de Madrid, que una de Valencia, que una de un pueblo de Jaén.

-Nivel educativo (que no el de estudios, pues  hay personas que no tienen estudios superiores pero se han formado por su cuenta).

-Personalidad: no se expresa de la misma forma una persona impulsiva, que una dubitativa, que una soñadora, que una sarcástica o muy negativa… Las palabras y las expresiones deben mostrar esto.

-Trabajo y ocio (jerga): no nos damos cuenta de lo mucho que el trabajo y el ocio influyen en nuestra forma de hablar, en las palabras que usamos y en las metáforas o comparaciones que forman parte de nuestro día a día. Por ejemplo, un abogado americano podría usar expresiones como “Con la venia, señoría” cuando discute con su pareja, y una aficionada a Juego de Tronos podría comparar a su amiga con la Kaleesi a lomos de un dragón.

-Experiencias vitales relevantes: no se expresará de la misma forma alguien que ha pasado varios años en la cárcel, que otra persona que ha tenido que trabajar durante largos períodos de su vida en soledad, o que quien ha perdido a toda su familia de pequeño.

3. DIÁLOGO OBVIO O INÚTIL

Este suele ser uno de los principales fallos cuando estamos comenzando a escribir diálogos (por lo que, si llevas un tiempo, probablemente ya no lo cometerás). Tenemos tantas ganas de escribir diálogos que hacemos que los personajes digan cosas que… no hacen falta.

En el caso del diálogo obvio, se trata de diálogos que no son necesarios porque estamos repitiendo algo que el lector ya sabe.

Imaginemos, por ejemplo, que hemos leído, en la escena anterior, cómo la protagonista ha sufrido  un accidente de coche, en el que ha chocado con un camión, pero milagrosamente ha salido ilesa. Un diálogo obvio, con su mejor amiga (y manager de su grupo de rock), sería este:

–Oh, dios mío, Virginia, ¿qué ha pasado?

–Pues saliendo del trabajo se me ha cruzado un camión; he intentado girar, pero ha sido demasiado tarde y he chocado contra él. Pero estoy bien, no te preocupes.

¿Qué pasa aquí? Que no estamos teniendo en cuenta que ESCRIBIMOS PARA EL LECTOR/A. La información que damos es, siempre, para ese lector -no para otros personajes. Si el lector ya conocía todos los pormenores de ese accidente, es reiterativo repetírselos (y aburre).

¿Solución? Sencillo, basta con hacer algo como esto.

–Oh, dios mío, Virginia, ¡qué mala pinta tienes! ¿qué ha pasado?

Tras narrarle el accidente a María, esta se tranquilizó.

–¿Entonces esta noche entonces podrás dar el concierto? ¿No tendremos que suspenderlo con todo el aforo vendido?

Así, ya en el primer diálogo damos una información nueva (tiene mala pinta). Nos saltamos toda la explicación de lo que ya sabemos con un simple resumen y, en el segundo diálogo, ya introducimos un salto adelante en el argumento de la historia, hablando de si suspenderá o no su concierto.

El diálogo inútil es similar, pero distinto: no se trata de repetir información que el lector ya sabe, sino de, directamente, escribir frases de diálogo que no aportan ninguna información en absoluto. Es el típico diálogo que va algo así:

–Hey, hola.

–Hola

–¿Cómo estás?

–Bien, ¿y tú?

–Bastante bien también, qué alegría verte.

Todo este diálogo no nos dice absolutamente nada de los personajes, ni por lo que ocurre, ni por la forma en que se expresan. Por lo tanto, puede, directamente, suprimirse. Bien sustituyéndolo por algo como “Víctor y Elena se saludaron” o simplemente empezando, directamente, con la “chicha” de lo que es importante en esa escena.

4. NO USAR CORRECTAMENTE LAS RAYAS (guiones) 

Por supuesto, otro de los fallos más usuales es el uso incorrecto de los guiones (rayas) para marcar el diálogo. Hay algunos autores que eligen no usarlos, pero lo habitual es hacerlo: hay que tener en cuenta que, cada vez que un personaje nuevo hable, debemos ir a párrafo aparte y empezar con raya, así como incluirla antes de las acotaciones, etc.

No me extiendo aquí porque tengo todo un artículo completo solo sobre este tema, así que dejo el enlace para quien tenga dudas sobre la transcripción de diálogos.

5. NO SON DIÁLOGOS SINO MONÓLOGOS:

Hablábamos en el punto uno de la NATURALIDAD de los diálogos, que refuerza su verosimilitud. Muy a menudo, en los relatos y novelas que corrijo en mis talleres literarios online, los personajes hablan tal que así:

–Larguísimo monólogo en el que cuentan todo lo que les ha pasado, sueñan o sienten. Frases y frases se encandenan sin que nadie más diga nada, y, generalmente, sin que ocurra nada, ni el personaje muestre gestos o acciones. 

El otro personaje escucha pacientemente y, después, rompe a hablar…

–… solo para soltar otro largo monólogo de más de diez o veinte líneas en el que esta persona da toda su opinión completa, de principio a fin, sin que nadie le interrumpa y, generalmente, sin mostrar gestos o acciones.

En la vida real, las personas se interrumpen, usan frases cortas, etc. No vivimos dentro de una obra de Shakespeare, y es raro que hablemos de monólogo en monólogo; aunque solo sea que la otra persona haga alguna pregunta o pida alguna aclaración.

Si los personajes no están en ningún escenario dando discursos, en principio, tengamos esta regla: monólogo a monólogo no se hace diálogo.

6. NINGUNA ACOTACIÓN: NI IMAGEN NI GESTO

Como he repetido en varios de mis artículos, las palabras, en los seres humanos, suelen ser complementadas por el lenguaje no verbal. Es casi imposible que no sea así, ya que nuestro cuerpo expresa más del 65% de nuestras emociones (lo queramos o no), y es muy difícil mentir con él -a diferencia de lo sencillo que puede ser mentir con las palabras.

Las acotaciones o incisos son esas frases breves que acompañan al diálogo y generalmente nos muestran quién habla (“dijo Fulanito”, “respondió Menganita”) y, también, lo que hacen o qué expresan mientras hablan.

Un diálogo que no incluya acotaciones en las que VEAMOS los gestos de los personajes, inevitablemente va a quedar cojo. Nos vamos a perder una buena parte de lo que ese personaje está expresando y, además, nos quedaríamos sin imágenes para ver qué hacen, o cómo, mientras hablan. 

Aunque el diálogo diga esto…

–Tienes buena cara.

–Mi corazón está henchido de desesperación por abandonar este mundo de triviales y fugaces momentos…

…sin acotaciones, sin mostrar lo que los personajes hacen o expresan con su cuerpo, en la cabeza del lector lo que se ve es esto:

 

Inquietante, ¿verdad? Recuerda que lo que no le dices al lector, no existe.

7. ACOTACIONES OBVIAS

No solo los diálogos pueden ser obvios… ¡también las acotaciones! Y lo son cuando lo único que hacen es darnos información que ya tenemos en el propio diálogo.

Con un ejemplo se ve mucho más claro (y rápido):


¡No puedo creerlo!–, exclamó sorprendida.

–Pues ha sido tal como te lo cuento, de verdad–, aseguró él.

A ver: si un personaje dice “¡No puedo creerlo!”… ¡es evidente que está sorprendido! No hace falta reiterarlo en la acotación. Lo mismo que la siguiente (“aseguró él”). Evitad usar las acotaciones para explicar la intención que tiene el personaje al decir esa frase: se supone que debe entenderse por la misma frase, por la situación, ¡o por un gesto!

Aprovecha cada frase para dar información nueva, tanto en los diálogos mismos, como en las acotaciones. Simplemente un gesto ya nos aporta nueva información (una visual que antes no teníamos). De hecho, un gesto puede cambiar completamente hasta el significado de lo que se dice. Observad, si no:

–Estoy muy enfadada contigo–. Laura se acercó a Juan y le mordisqueó la oreja, pícara–Muy, muy enfadada… 

De hecho, el único caso en el que sí que podemos expresar claramente la intención del personaje al decir una frase es cuando se trata de una frase irónica o sarcástica. Aunque incluso ahí, como veis, se puede solucionar también con un gesto 😉

8. ACOTACIONES QUE SE REPITEN

Algo que me encuentro muy, MUY, a menudo es que la estructura gramatical usada para redactar una acotación se repite en varias acotaciones seguidas, con lo que la redacción se ve descuidada.

Me refiero a algo como esto.

–Fue todo muy extraño–, explicó Ana.

–Pienso lo mismo–, comentó Juan.

–Y yo también–, añadió Esther.

Dejando aparte que el propio diálogo no da información ninguna, fijaos en cómo las acotaciones tienen todas las misma estructura: dijo X, explicó Y…

Y, si eso ya suena algo raro, desafortunadamente, en muchos casos, me encuentro una versión mucho más elaborada y que chirría aún más en los oídos del lector. Algo como:

–Fue todo muy extraño–, explicó Ana, sorbiendo su té.

–Pienso lo mismo–, comentó Juan, encendiendo un cigarro.

–Y yo también–, añadió Esther, suspirando.

Es algo que, si leéis vuestro texto en voz alta, es muy fácil de notar, y aún más sencillo de corregir. Tenedlo en cuenta para vuestros próximos diálogos, porque, de verdad, es mucho más habitual de lo que parece.

9.COMPARTIMENTAR LAS ACCIONES

Los dos últimos puntos son mucho más sutiles -digamos que para nivel avanzado de escritura de diálogos. Pero no quería dejarlos pasar porque son también importantes y me los encuentro muy a menudo. De hecho, esta misma mañana he estado revisando un capítulo de una novela en la que he tenido que hacer hincapié justo en estos dos últimos aspectos del diálogo (que, por lo demás, estaba excelentemente redactado).

“Compartimentar” es un término que le he dado yo a un fenómeno que he encontrado muchas veces en diálogos de escritores/as que empiezan. Me refiero con ese término al hecho de que, en muchas ocasiones, veo que el autor no sabe intercalar diálogos, descripciones y acción, con lo que termina narrando uno después de otro.

Un ejemplo a bote pronto, usando el mismo diálogo de la chica que ha sufrido un accidente.

La habitación de hospital donde Virginia yacía aún tendida en la cama olía a naftalina y a productos de limpieza. Por una pequeña ventana entraba el pálido sol de invierno y todo era silencio hasta que apareció María.

–Oh, dios mío, Virginia, ¡qué mala pinta tienes! ¿Entonces esta noche entonces podrás dar el concierto? –, dijo María.

–Sí, sí, no te preocupes. Estoy un poco magullada, pero no estoy herida.

–¿No tendremos que suspenderlo con todo el aforo vendido?

–Para nada, relájate, todo va a salir bien–, respondió Virginia.

–Qué egoísta por mi parte, Virgi, tú aquí en el hospital y encima tienes que tranquilizarme a mí.

Virginia cogió la mano de María y le sonrió. Esta rompió a llorar y le dio un gran abrazo. Las dos se mantuvieron así, juntas, hasta que María se separó porque tenía que sonarse los mocos.

 

A primera vista, nada parece estar “mal”. Y, sin embargo, hemos compartimentado: primero está toda la descripción (en azul), luego todo el diálogo (en granate) y finalmente, todas las acciones (en verde). En realidad, si integramos los tres elementos (diálogo, acción y descripción) el resultado siempre va a ser más ágil y natural. Así, por ejemplo:

 

La habitación de hospital donde Virginia yacía aún tendida en la cama olía a naftalina y a productos de limpieza.

–Oh, dios mío, Virginia, ¡qué mala pinta tienes! ¿Entonces esta noche entonces podrás dar el concierto? –, dijo María, rompiendo el silencio de la sala al entrar como una marabunta.

–Sí, sí, no te preocupes–, Virginia cogió la mano de María y le sonrió–. Estoy un poco magullada, pero no estoy herida.

–¿No tendremos que suspenderlo con todo el aforo vendido?

–Para nada, relájate, todo va a salir bien–, respondió Virginia. María rompió a llorar y le dio un gran abrazo. Por la pequeña ventana de la habitación entraban los rayos de un pálido sol de invierno.

–Qué egoísta por mi parte, Virgi, tú aquí en el hospital y encima tienes que tranquilizarme a mí.

Las dos se mantuvieron así, juntas, hasta que María se separó porque tenía que sonarse los mocos.

10.NO TENER EN CUENTA LA SITUACIÓN DEL PERSONAJE

En el punto dos hablábamos de todos los aspectos que, idealmente, deberíamos tener en cuenta al imaginar la forma de hablar de un personaje. Pero esos eran aspectos permanentes (es decir, que van a influir en cómo habla el personaje durante todo el relato o la novela). Sin embargo, hay elementos que son TEMPORALES y que también influyen, y mucho, en la forma de hablar de un personaje… en un momento dado. 

Me refiero, en concreto, a la SITUACIÓN EN LA QUE SE ENCUENTRA -y a la emoción que ella conlleva.

Por ejemplo, imaginemos a Cristina, un mujer muy directa, e impulsiva, que suele hablar soltando insultos por aquí y por allá (está enfadada con el mundo) y a Alberto, un intelectual que usa largas frases y palabras complicadas para sentirse superior a los demás.

Esa es su personalidad habitual, su zona de confort, por así decir. E influirá en todo lo que digan y cómo lo digan, claro que sí. Pero esa misma Cristina y ese mismo Alberto, no van a hablar de la misma forma si están charlando con un colega, que en situaciones como:

  • Si el personaje con la/el que hablan tiene una posición social superior (su jefe, por ejemplo). A lo mejor, Cristina no suelta tantos tacos y Alberto intenta no pasarse de listo. 
  • Si se encuentra en una situación estresante o en shock: por ejemplo, si un buen amigo acaba de sufrir un accidente grave. Tal vez el elocuente Alberto se quede sin palabras y Cristina se decida a expresar su ira de forma física.
  • Si lo que tienen que decir a otra persona es algo complicado o difícil: un ejemplo muy sencillo es cuando te enamoras de otra persona y quieres decírselo o si tienes que despedir a un compañero de trabajo que aprecias mucho. El autor/a principiante, suelta la noticia sin más… pero, en realidad, la corriente de emociones del personaje le debe hacer dudar, e incluso actuar en contra de sus instintos o sus formas habituales.

Así que no olvidéis tener en cuenta que las emociones concretas del personaje en situaciones poco habituales pueden Y DEBEN influir en su forma de expresarse en los diálogos.

¿Dudas, preguntas? Déjame un comentario, estaré encantada de ayudar.


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Comments

  1. Marta Tornero Rubio

    Hola, Diana:

    Son un montón de cosas a tener en cuenta en los diálogos, desde luego.

    Es importante conocer todos estos errores, pero igual de importante es permitirte cometerlos durante el primer borrador. A mí me sucede que cuanto más aprendo sobre escritura más me cuesta poner palabras sobre el papel y resistirme a borrar cuando sé que algo está mal.

    Creo que el primer paso para escribir un buen diálogo es soltarlo todo tal y como te viene. Si necesitas ponerle acotaciones obvias a todo, adelante; Si tus personajes dicen obviedades, genial; si los tres elementos están desequilibrados, no pasa nada. Permitirse todas estas cosas te ayuda a llegar a esos diálogos depurados que en vez de 10 errores tienen 10 aciertos, pero hasta entonces hay que escribir diálogos malos.

    Un abrazo y gracias por tu artículo.

    1. Sin duda, en el primer borrador no hay que fijarse tanto en nada. Es mejor dejar que la inspiración nos haga fluir… y ya, más adelante, revisar todo con calma. Yo suelo decir que todo escritor tiene dentro un niño que juega y un adulto que pone orden, pero nunca deben estar juntos en la misma habitación. Porque se frenan; de hecho, usamos diferentes hemisferios cerebrales para cada actividad.

      De todas formas, en el artículo no se habla de borradores, ni de cómo empezar a escribir un diálogo; se presupone que se pondrán en práctica las lecciones cuando se detenga uno a revisar el diálogo detenidamente.
      Un saludo, Marta. 🙂

  2. Fran Márquez

    ¡Genial artículo! Muy claro y conciso. Me ha motivado a seguir escribiendo el capítulo que había dejado a la mitad debido, precisamente, a un pequeño atasco en los diálogos de los personajes. Sigue sin ser perfecto, pero al menos he terminado el capítulo.

    Un blog magnífico.

  3. Elena

    ¡Gracias, Diana, qué buen artículo! Espero saber aplicarlo. 🙂

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