Trabajar una trama de forma profesional: el (secreto) arte de sembrar y recoger

Hace unas semanas, cuando pedía a los integrantes del grupo de Facebook “La aventura de escribir” que me contaran sus dudas sobre escritura (y respondí aquí y aquí), hubo una que se quedó sin respuesta.

La pregunta se refería, muy en concreto, a cómo organizar la trama de una novela de misterio, cómo ir dejando pistas… pero he preferido escribir un artículo más genérico porque, en realidad, todas las novelas necesitan ir preparando “pistas” y “detalles” para el lector, no sólo las de misterio.

Ahora lo explico con calma, pero, de momento, baste saber que este es uno de los secretos de esos libros profesionales que  nos impactan. Esos en los que parece que todas las piezas encajan; que ese final no podía resultar de otra manera, y que las decisiones de los personajes tenían que ser las que han tomado y no otras.

Esta es una de las claves de esas historias “redondas”, que te dejan con el corazón rebosante y tembloroso: el (secreto) arte de sembrar y recoger.

EL PLACER DE COMPLETAR UN PUZLE

¿Nunca habéis hecho un puzle, cuando eráis pequeños? Seguro que sí.

¡Qué placer más maravilloso es tener delante de nosotros el puzle casi completo! Y esa dichosa pieza se nos había resistido durante días, pero no sabíamos qué hacer con ella… De repente, casi mágicamente, encontramos su sitio. La colocamos y todo encaja.

Teníamos todas las piezas delante de nosotros, pero no ha sido hasta que hemos ido avanzando que nos hemos dado cuenta de cuál era la imagen completa. De cómo esa pequeña pieza cobraba sentido y ayudaba a crear el efecto final.

Si habéis jugado a algún videojuego tipo aventura gráfica también os habrá sucedido algo parecido: todos los elementos van encajando para que puedas llegar hasta el final. Ese pañuelo, esa espada, esa pista, esa conversación que parecía intrascendente, en realidad te ha ayudado a llegar a dónde tenías que llegar.

Lo mismo debe sentir el lector con nuestra historia.

  1. Debe tener todas las piezas delante de sí…
  2. Pero, al mismo tiempo, no debe sentir que se le dan, hay que ser sutiles.
  3. Se le deben dar todos los elementos para que, en algún momento, pueda encajarlos (ya sea a la vez que el personaje principal o no)

Voy a explicar estos elementos paso a paso, para que veáis cómo funcionan.

1. El lector debe tener todas las piezas delante de sí…

Me ha pasado con una novela de misterio que he estado revisando estos días. La protagonista (una mujer que había perdido a sus padres hacía poco) estaba investigando un asesinato y se da cuenta de que muchos de los respetables miembros de su comunidad están incriminados.  Y de repente, uno de los personajes le dice: “Tus abuelos están en el ajo”.

Y hasta ese momento ni siquiera sabíamos que tenía abuelos.

Este es un fallo muy habitual a la hora de trabajar la trama de una novela: no sólo porque el lector se puede sentir engañado (¿me has contado toda la historia de esta persona, su trabajo, etcétera y me has ocultado ese detalle tan importante?) sino porque realmente la historia se disfruta menos.

Fijaos: ¿qué problema hubiera habido en que hubiésemos sabido que tenía abuelos? Absolutamente ninguno, para nada el lector hubiera pensado nada raro de ellos. Enterarnos luego que estaban implicados es mucho más emocionante si hemos sabido de ellos antes. Incluso si les hemos visto antes.

En “Orgullo y prejuicio” de Jane Austen, por ejemplo, se nos dice que a Lydia, la hermana pequeña que finalmente lo liará todo, le encantan “los oficiales”, e incluso la vemos yendo al pueblo a un desfile  en los primeros capítulos. En ese momento no pasa de ser un pequeño detalle que nos muestra su frivolidad y su coquetería… pero después, como sabemos, huirá con Wickham, un oficial, precisamente, y provocará el clímax y desenlace de la novela.

Todo estaba preparado: Austen “sembró” el detalle de la predilección de Lydia por los oficiales al inicio de la novela y lo “recogió” al final. El lector/a tiene aquí la sensación de que todo ha ocurrido como debía ocurrir. Era redondo. No es un elemento sacado de la manga del autor porque lo necesitaba, sino que era parte de un todo. Esa es la magia de esta técnica, que podemos aplicar a cualquiera de nuestros escritos.

2… pero no debe darse cuenta de que son esenciales

Aquí es donde debe entrar en juego nuestra sutileza como escritores -o creadores de trama. Sí, tenemos que darle las piezas al lector, pero tampoco tenemos que dirigir el foco de atención a esos detalles. Así, cuando “recojamos” el fruto que hemos sembrado, será también un poco sorpresa.

¿Cómo se puede hacer esto?

Lo primero, hay que tener en cuenta la “regla de tres” (hablo un poco más de ella en este otro post): para que un detalle se quede en la cabeza del lector -sin resultar pesado o repetitivo- debería aparecer, exactamente tres veces. 

Por ejemplo, en la historia anterior de la trama criminal, la protagonista podría haber mencionado, de pasada, cuando recordaba la muerte de sus padres, que tenía abuelos, aunque no los veía mucho. Y luego, en un capítulo posterior, tal vez, podría haber visto una foto familiar en la que apareciera ella junto con sus abuelos.

Suficiente. La tercera vez que aparecieran esos abuelos ya podría ser cuando sabemos que están implicados.

Haberlos mencionado una sola vez antes sería muy poco: al lector le podrían haber pasado desapercibidos o haberse olvidado de ellos por completo. Al traerlos a escena dos veces -e incluso podría haber habido un pequeño encuentro con ellos o una llamada de teléfono- ya es seguro que, cuando llegue el mazazo, al lector no le va a pillar de sorpresa que tiene abuelos. Y tampoco han salido tanto como para que sospechemos de ellos.

Otras tácticas pueden ser que esos elementos:

-Aparezcan de forma muy breve: sólo una pequeña escena, o una pequeña referencia o recuerdo.

-Aparezcan al principio de la novela: después, cuando los recojamos mucho más adelante, el lector los recordará, pero no los tenía presentes, con lo que el impacto emocional será perfecto.

-Aparezcan en momentos muy espaciados entre sí: otra opción, si no queremos que todos esos elementos aparezcan apelotonados al inicio de nuestra historia, sería que aparezcan una vez al inicio (pero que destaque bien, para que no se olvide) y otra mucho más adelante.

De nuevo, retomando a Jane Austen, en “Orgullo y prejuicio”, si no recuerdo mal, Lydia habla con su madre sobre los oficiales en uno de los primeros capítulos, y, un poco más adelante, van a ver un desfile. De esa forma, cuando finalmente Lydia huye con Wickham, tenemos ese detalle presente.

Ya veis que sembrar y recoger sirve para todo tipo de tramas. Si queremos que nuestro personaje, en un momento dado, hable ruso, deberíamos haberle puesto estudiando ruso un par de veces antes en nuestra historia. Y si queremos que un personaje, súbitamente, se enamore de otro, antes podríamos haber visto cómo, en dos ocasiones, se quedaba sorprendido o admirado ante el otro personaje.

3. El lector tiene todos los elementos para conectar las piezas entre sí (ya sea a la vez que el personaje principal o no)

Por último, el detalle maestro sería que el lector tenga además los elementos para poder encajar esas piezas -especialmente en novelas en las que hay algún misterio. Esto es muchísimo más sutil: con un ejemplo lo veremos mejor.

Hemos hablado de la historia de la mujer y la trama criminal, en la que finalmente resultan implicados sus abuelos, y hemos dicho que bastaría que se mencionaran al inicio y luego, tal vez, ver una fotografía o una breve llamada telefónica.

Es así, eso bastaría para que el lector los tenga en cuenta como una pieza y no se sienta engañado o desconcertado. Sin embargo, podéis ver cómo la cosa cambia simplemente añadiendo un par de detalles.

-En la primera mención a los abuelos, se podría decir, de pasada, que apenas tenían relación con sus padres quién sabe por qué absurda razón. Dicho así, en frío, se ve super-sospechoso. Pero, en realidad, cuando la trama va completamente por otro lado, y es una única frase en medio de un maremagnum de recuerdos de la protagonista que, en principio, no parecen tener conexión con nada -ni siquiera habría habido un asesinato aún, por ejemplo… va a pasar totalmente desapercibido.

-La segunda ocasión que aparecieran, podría ser con una breve llamada de teléfono. La llamarían con cualquier excusa (un cumpleaños, algo sobre una herencia…), y preguntarían qué tal está, etc. Ella respondería, pero le haría saber al lector que no era normal que la llamaran. Aún así, seguiríamos aún al inicio del nudo, cuando aún no se sabe nada de una trama criminal, con lo cual es imposible que nadie ate cabos.

PERO… cuando llega la famosa frase, “tus abuelos están en el ajo”, de repente no solo es que el lector se acuerde de su existencia, sepa quiénes son y le impacte. Sino que además empieza, en su cabeza, a atar cabos (normalmente al mismo tiempo que la protagonista): “Es verdad, no se hablaban con los padres”. “¡Y la llamaron hace unos días de forma inusual!”

Esto es un recurso narrativo que se llama anagnórisis, estudiado ya por Aristóteles en su “Poética” y que resulta tremendamente impactante: el personaje, súbitamente, se da cuenta de algo tremendamente relevante sobre su vida o sobre lo que le está sucediendo. Y sería más dramático e impactante aún si fuese ella sola la que se hubiese dado cuenta de todo ello, en lugar de que alguien se lo diga…

De nuevo, estos detalles sirven para todo tipo de historias.

Un proceso similar tiene lugar también en “Orgullo y prejuicio”, cuando pensamos que Darcy huye de Wickham y evita su compañía porque se ha portado mal con él. Hay varios detalles sobre esto a lo largo de la novela que ponen a Lizzy, la protagonista, en contra de Darcy, hasta que finalmente conoce la verdad. En realidad, Wickham es el indeseable. Y las pistas estaban delante de sus narices todo el tiempo, pero bien ocultas entre otra miríada de detalles para que no nos diéramos cuenta. Precisión quirúrgica.

¿Has probado en tus historias a sembrar y recoger? ¿Te quedan dudas? Déjame un comentario aquí debajo y seguimos hablando. 


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Comments

  1. Marta Tornero Rubio

    Guau, Diana! Un post excelente!

    Me gusta tu analogía con la siembra y la cosecha, es muy acertada. Yo simplemente pensaba en ello como “prefiguraciones”: representaciones anticipadas. Otros los llaman “presagios”, aunque a mí esto siempre me ha parecido que lo hacía muy evidente para el lector, como una profecía.

    Las semillas no siempre son tan sutiles como tú dices. Pienso, por ejemplo, en el rifle de Chéjov, que no puede pasarle desapercibido al lector ni siquiera con una pequeña mención, o en los presagios que nos ofrece a veces el narrador o el protagonista: “pronto mi vida iba a tomar un rumbo siniestro” y ese tipo de cosas. ¿Llamas a esto también “semillas” o tal vez “presagios”?

    Me parece muy útil el apunte que haces sobre el número y el espaciado de estos elementos. Voy a prestar atención en las próximas novelas que lea a ver cuántas veces mencionan detalles aparentemente nimios que resultar ser semillas ;).

    Gracias por el excelente artículo!

    1. Me alegra que te haya gustado, Marta.
      En cuanto a los ejemplos que pones, no serían detalles que se siembran para después recoger, sino, directamente, anticipaciones de la trama. Especialmente el que dice “pronto mi vida iba a tomar un rumbo…”. Eso es anticipar al lector lo que va a ocurrir, para mantenerle intrigado. En este artículo hablo sobre otra técnica, de detalles más sutiles, como ves, y que se debería aplicar -en realidad- a cada elemento importante de la trama de nuestro relato o novela.
      Un abrazo y seguimos en contacto por aquí.

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