Ray Bradbury y la ciencia-ficción humana

ray_bradbury_home_1Quiero dedicar un post hoy a un escritor de los grandes: Ray Bradbury. Y no me refiero de los grandes en el género de la ciencia-ficción, sino en general.

En una charla ayer sobre el género organizada por Triskel Ediciones los autores Javier Miró y Pablo Felder comentaban que  a día de hoy todavía los escritores de ciencia-ficción suelen ser minusvalorados por los muy respetados autores de literatura realista.

Concuerdo: a pesar de que el género ha dado obras maestras de la talla literaria de 1984, Crónicas Marcianas, Solaris, Los desposeídos y un largo etcétera, todavía se sigue considerando un género menor, y existe el tópido de que sus autores tienen un buen argumento pero escriben mal o no profundizan en los personajes. Tal vez esto fuera cierto en algunas obras de principios de los 50, la Edad de Oro de la ciencia-ficción, e sin duda lo era en Isaac Asimov, su máximo representante en la Tierra.

Pero decididamente hay muchos autores de ciencia-ficción que son escritores elegantes, profundos, que utilizan los recursos literarios con maestría y que emocionan más allá de una buena trama o de un sorprendente invento.

Ray Bradbury no es solo uno de esos autores sino, probablemente, el mejor ejemplo de un escritor gigantesco que nunca ha recibido el reconocimiento que merece simplemente por ser un autor de género.

Bradbury es de esos escritores que cincelan cada frase. Incluso traducido es una delicia leerle, sobre todo sus relatos, bien de Crónicas Marcianas, su obra cumbre, o de cualquiera de sus magníficos libros de cuentos. Leer un relato de Ray Bradbury significa olvidar que se supone que estás en un futuro que aún no existe, o en un planeta desolado y muerto, y emocionarte con lo que le ocurre a los personajes, con las descripciones, con la vida que emerge de cada una de sus historias. Significa pasar las páginas con el corazón en un puño y la piel de gallina.

Esto me ocurrió anoche leyendo “El cohete”. Es el cuento que cierra el libro “El hombre ilustrado”, publicado nada menos que en 1950.

Nos encontramos en un futuro en el que los viajes a Marte -una tierra prometida para los empobrecidos habitantes de la Tierra- no solo son posibles, sino constantes. El protagonista y su familia ven los cohetes que se dirigen al planeta desde su casa y sueñan con poder hacer ese viaje. Pero no tienen dinero. El padre entonces consigue comprar un cohete en un desguace; está hecho polvo y no es posible utilizarlo.

Cualquier otro autor a lo mejor hubiera llevado el cuento al terreno de la inventiva, de cómo ese hombre arregla el cohete y consigue llegar a ese paraíso con forma de planeta rojo. Pero no Bradbury. Ante la estupefacta mirada de la esposa -que verdaderamente llega a creer que su marido va a intentar volar ese cacharro- el protagonista se limita a colocar unas pantallas en las ventanas en las que pasarán, sin fin, imágenes del espacio. Montará a sus hijos en el cohete y, durante varios días, estos creerán que de verdad han hecho un viaje sideral.

Así, a la postre, se trata de un relato en el que un padre solo trata de hacer feliz a su familia. ¿Hay algo más tierno y humano? La forma en la que está narrado, precisa, sencilla, pero hermosa, consigue incluso arrancarte las lágrimas. Si Isaac Asimov es el cerebro del género, no hay duda: Ray Bradbury es su corazón.

PS: Y sí, por cierto, Roberto Benigni no inventó mucho. El argumento de su película ya lo escribió Bradbury y el título eran las últimas palabras de Trotski antes de morir.  

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